RESTOS DEL BODEGÓN (6) El músico pesado

Les convido con lo que quedó de algunas noches…

RESTOS DEL BODEGÓN (6)

El músico pesado

Por el barrio vive un músico. Viven varios músicos, pero este es un aparte. Es un tipo que ha caído bajo las garras del alcohol y es muy difícil qué pueda escaparse de ser engullido por esa bestia. En una oportunidad, vino junto a su banda a hacer un evento, que resultó muy bueno. Él por supuesto se embebió como para no deshidratarse por meses y se quedó luego del show a compartir un festejo de otro amigo hasta la madrugada. Por supuesto que siguió bebiendo hasta alcanzar el peso mercurio o sea el de un tipo mamado pesado. Y en la noche podemos ser simpáticos si no rompemos las bolas a la gente que no conocemos. Todos sus amigos se habían ido sin llevárselo y tuve que hacerme cargo de su humanidad sacándolo del Bodegón. El flaco había comprado todos los números de la rifa de una buena piña y no permití que se llevara el premio puesto. Lo levanté de los hombros y lo acompañe hasta la casa. Esa distancia estuvo plagada de porqués, disculpas y justificaciones sin sentido. Lo dejé en su casa y volví. Esto pasó hace como dos años. El jueves, como dice el tango “volvió una noche…”, el músico se aparece como un fantasma a mirar por la ventana. Nosotros estábamos preparando el lugar para el encuentro de varios amigos por el festejo de Lorena, la ucraniana. Primeramente no lo reconocí. Luego de asomarse, se sentó en nuestro umbral. Hasta acá todo bien. Por supuesto que su estado a las 20 hs ya era calamitoso. Hablaba solo y de música. Ya tenía menos coherencia que astronauta en el Sahara. Salí a preguntarle si necesitaba algo. Te acordás de mí, Oscarcito? Una vez…y se puso a recordarme lo que ya conté más arriba. Y como todo borracho que necesita compañía, se me pegó como engrudo en la tela. Y la verdad que alguien así primero te da pena y después queres matarlo. Nuestra charla se dio en la vereda mientras seguían llegando los invitados de la cena. Cada vez que abría la puerta quería mandarse para adentro a tomarse algún convite. Lo escuché con la paciencia de una abuela, cada vez que me lo permitía le expliqué que estaba ocupado y que lo invitaba a pasar una tarde para compartir unos mates. Pero él quería un trago y mis palabras no le servían de hielo. En un extremo mensaje místico, propio de los mamados que resucitan ligándose a una religión desconocida me advirtió que el pastor nos estaba mirando. Y que había que tenerle miedo. A esta altura de la conversación algo me empezaba a fastidiar y le di mis saludos, le repetí mi invitación y lo dejé solito con su alma, de la que tendrá que hacerse cargo. Instantes después, volvió a asomarse por el ventanal mirando a los invitados riendo con cara de demonio desencajado. Salí, le pedí que se fuera, por las buenas, claro. Me pidió que le venda una cerveza. Le dije dónde había un almacén abierto. Se fue. Pero a los 15 minutos, cuando ya estaba cocinando para el grupo de invitados, volvió. Y asomado por la ventana me mostraba un tetrabrick de vino tinto como si fuera un trofeo de guerra que me hubiera quitado de las manos. ¿Qué necesidad? Se me empezó a subir la mostaza. Me saqué el delantal y la gorra. Salí a buscarlo, lo agarré de la hombrera, lo llevé gratis hasta casi la esquina y le grité en la cara un ¡Andate! Que debe haber escuchado hasta viejo Jorge, mi vecino sordo. Volví sin agredirlo pero marcándole el territorio. Pedí disculpas a mis comensales y todo siguió como si nada. Todavía recuerdo una frase que dijo…”las coordenadas no coinciden con el tono y todo se desbarajusta…”. Buen músico, una lástima.

Al terminar la rueda de pizzas esa noche se armó karaoke y hubo varios intérpretes interesantes. Como si estuvieran escondiendo sus voces mientras comían, a la hora de cantar se lucieron. Uno de ellos eligió cantar una de Sandro que provocó entre las mujeres asistentes, suspiros, gemidos y hasta el arrojo de alguna prenda como ofrenda.

elduendeoscar

Todo este materia es producto de esas noches de Bodegón en La Casa de Oscar (hay muchas más) en 2015, y fueron escritas luego de cada noche como los restos que quedan.

Luego compartidas gratuitamente entre contactos y redes sociales. 

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