LLEGA UN AÑO NUEVO

Llega un año nuevo

Ya está todo estudiado o en vías de definirse científicamente.

La expectativa individual respecto de lo que va a pasar el próximo año no escapa de la regla general de los acontecimientos ya sucedidos en la vida de cualquiera.

Este es un breve pero simple auspicio de aquellos eventos que van a sucederte.

LO QUE SEGURAMENTE TE VA A PASAR EL PRÓXIMO AÑO

Tendrás una visita inesperada,

Una compra con dudas y ausencia de ayuda

para encontrar una dirección.

Tendrás una solución nueva luego de la ya aplicada.

Te quedarás con nada tres días antes de cobrar.

Y sin crédito a la hora de llamar.

Golpearan tu puerta los testigos de Jehová.

Te adjudicaran por teléfono un auto.

Recibirás el trato frío en un súper chino.

Y seguramente algún vecino hablará mal de ti.

Desearán los amigos que los cumplas feliz.

En tu entorno se declarará un foco de incendio,

Un problema viejo que resucita.

Las ganas de rogarle a la virgencita

y la ronda que siempre da la parca.

Habrá faltantes en la caja chica,

Un bondi que nunca llega,

Un flor de tropezón en la vereda,

y un dolor de muela como tortura.

Locura en el transito que elijes,

Y si no lo dije, siempre habrá infieles.

Noticias crueles de una guerra.

Amigos que se los traga la tierra,

Y deudores que desaparecen.

Vivirás algún que otro martes 13,

Y algún romance touch and go.

Es lo mínimo que creo yo,

que va a sucederte este año.

Cuando te digan que, en el paño,

la historia ya está escrita,

anda preparando la goma

para borrar lo que no te guste.

Pero no te asustes y disfruta a pleno

El año nuevo que se asoma.

elduendeoscar

 

LO QUE SEGURAMENTE NO TE VA A PASAR

El siguiente recordatorio solo tiene la intención de memorizarte un raconto de hechos que seguramente no van a ocurrirte el próximo año.

 

No va a pasar que quedes exento de impuestos.

Ni van a llamarte para recompensarte lo pagado.

Nadie golpeará tu puerta ofreciéndote trabajo.

Y si miras para abajo veras que tu panza no baja sola.

No saldrás en bolas en la revista Paparazzi.

No va a pasar que te enteres antes del cuento del tío.

¡Por suerte tampoco te invitaran a pasear en crucero!

No ganaras a la rula por más que apuestes al cero.

Y el tragamonedas maldito no te mostrara sus tres sietes.

Nadie te llamara para decirte que eres una buena persona.

Perdona si con esto que digo te cambio de clima.

Pero un buen amigo según creo, si avisa no traiciona.

No te va a pasar ver un mendigo hacerse millonario,

ni a un otario o estúpido recibirse de vivo.

Tampoco tocaran tu timbre para premiarte.

Aunque lo merezcas por tu buena letra, no será este año.

Prepárate porque tampoco saldrá campeón tu equipo.

Y no habrá ningún rico que te invite a su ágape.

No manejaras esa Ferrari soñada por Europa.

Ni condonaran tus deudas los acreedores.

No va a pasar que te llame aquel amor prohibido.

Ni te vas a enterar con quien duerme tu ex.

No recibirás el pago justo por tu precio exacto.

Ni recibirás buen trato si en tu contrato fallas un mes.

No va a pasar que te olvides de este texto al llegar enero.

Al banquero lo del banquero, al punto, lo que ya sabes.

elduendeoscar

Reescrito para el programa 40 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del 27 de diciembre de 2017 por la FM 107.9 Ultra o ultra1079.com

 

Publicado el 1 enero, 2012 por elduendevenenoso

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Trilogías de pérdidas no deseadas

Trilogías de pérdidas no deseadas

“Algo estamos perdiendo cuando vemos que pierde la rosa su frescura, el amor su eternidad y la amistad su calidez” elduendeácido

Perder la final en el último minuto, la billetera en esa cancha y el último bondi a casa…

Perder el avión en Siberia, la maleta en el aeropuerto y el celular en una cloaca…

Perder la voluntad en la adolescencia, la virginidad por accidente y el pelo a los treinta años…

Perder el llavero en un subte, los anteojos en una biblioteca y el control remoto en la licuadora…

Perder la paciencia en la comisaria, los dientes en una pared y la cabeza en una guillotina…

Perder concentración en una guerra, la esperanza desde el principio y la confianza en el gobierno…

Perder la conciencia en una vía, la vista en un laberinto y el equilibrio en una cima…

Perder el amor en la ruleta, la vergüenza en un bar y la memoria en un confesionario…

Perder a los padres en la niñez, la alegría en un circo y la pasión en un opiadero…

Perder la cuenta con un prestamista, los dedos en una tajada y la luz en un túnel…

Perder la inteligencia en un amor, el miedo en la agonía y el fuego en un velorio…

Perder la amistad por traición, el sueldo en una estafa y la fidelidad de tu pareja…

Perder el tiempo en una cita, la calidad de una charla y la verdad en un argumento…

Perder la sabiduría en la escuela, el respeto en un cuartel y el silencio en un hospital…

Perder la mirada en el vacío, el tacto en una lija y la paz en un burdel…

 elduendeoscar

Escrito para ser leído en el programa 37 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del 6 de diciembre de 2017 por la Locutora Marguy Ibarra por la Fm 107,9 Ultra o ultra1079.com.ar

Imagen: Coral Tower

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Qué mezcolanza…

Que mezcolanza 

“Todos tenemos un mundo, con mapas donde pegamos figuritas para ser felices cada tanto al revisarlo” elduendebobo

Para hacerlo mejor, agarré la licuadora y metí un poco de AlÍ Baba con Dick Tracy para obtener algo de equilibrio en la justicia, junto con un poco de miel que donó Winnie the Pooh. Mientras Batman observaba mi experimento y Alfred nos servía un Fernet. Se licuaron un ratito los “40 ladrones” con el hombre del reloj y el “Túnel del tiempo” pareció absorbernos a todos. Ni “El santo” ni “El fugitivo” escaparon de este asunto. Claro que después hubo que explicar que las cosas no salieron bien a partir de que el Dr Neurus y el Profesor Elefant se pusieron a la cabeza del experimento. Yo me fui a sentar al mediodía a ver a “El Zorro” que venía después de los “Tres chiflados”, que no eran los “Ángeles de Charlie”. Aquella vez el Mudo casi habla y El sargento García se entera de todo, menos mal que se había tomado más vino que Pepe Curdeles, abogado jurisconsulto y manya papeles. La cuestión es que la siesta pareció dormirnos a todos como el gas venenoso del Pingüino que salía de su paraguas. Pero cuando pude, me fui al fondo para encontrarme con Homero Simpson que dormía su mona en una hamaca, con el testimonio de varias latas de cerveza vacías por el piso compradas en el Bar de Moe. Vi pasar a Superman escapando de una nave de Kriptonita y descender a tres platos voladores trayendo a “Los Invasores”. Se me ocurrió preguntarme que pasaría si esas naves hubieran bajado en el Planeta de los Simios o en la era de Los Supersónicos. Como un rayo por detrás mío paso corriendo Jerry con Tom por detrás como es lógico y un poco más rápido el Correcaminos dejaba pagando al Coyote. En la tele de mi vecina podía escucharse a tipo con flequillo perfecto preguntando ¿Qué gusto tiene la sal? y a otro diciendo “Salta Violeta” a su perrita atada. Cuando me pude relajar, reflexioné como Kung Fu y decidí más rápido que Flash volver a la cocina, sin antes tener que esquivar al conejo Bugs Bunny que me ofrecía una zanahoria diciéndome “qué hay de nuevo viejo”, por suerte andaba Sam Bigotes con sus dos recortadas que lo hizo salir corriendo más velozmente que “El hombre nuclear”.  Ya en la cocina la licuadora dejaba escapar un vapor que parecía hacer aparecer a un genio de “Las mil y una noches”.  Esto, determinó que lo nuestro era una “Misión imposible” pero con la ayuda de El “Super agente 86” y los agentes de “CIPOL” tratamos de convencer a Hércules Poirot de que resuelva la cosa a su modo. Intentamos con el Inspector Gadget pero no nos atendió el celular, también tratamos de comunicarnos con el comisario de Hijitus, pero estaba en un asado con Gold Silver y su hijo Oaky, cosa golda. El problema era, que se acercara la noche y no hubiéramos podido tener resultados. Incluso Calculín propuso con Petete, ayudarnos, pero nos quedamos con lo que ya teníamos. Cuando creímos que todo se encaminaba, no faltó un “Ladrón sin destino” que nos robara la fórmula y se la vendiera a Kaos. Las cosas empezaban a complicarse, ya que ni “El avispón verde” con Brece Lee ni “Brigada A” podían colaborar. Decidimos tomar contacto con los “Tunderbhid” y con “La Patrulla de camino” para interceptar cualquier traslado, asimismo con la gente de “Viaje a las Estrellas” y “Viaje al fondo del mar”, para no dejar pasar ni por tierra ni por mar ni por aire a nadie. Por tierra solicitamos la ayuda de “Swat”

Le preguntamos a Don Gato que jugaba a las cartas con Benito, si había visto algo sospechoso, pero no confiamos en su no rotundo. Lo mismo hicimos con el Guasón y con Gatubela, pero nos arrepentimos de perder esos minutos. Si bien luego de nuestro llamado a solidarizarse con la causa, Daktarí, Tarzán, Simbad, Los Tigres de la Malasía, Mobydick, Atila y Gengis Kan, no nos eran de mucha utilidad. Recurrimos a quienes podían trasladarse por medios no comunes, y sí aceptamos la ayuda de Astroboy, Linterna verde, Aquaman, Birdman, Heman y todos los Transformer. Aún con ese ejército no logramos recuperar los documentos robados de nuestra mesa y frente a nuestras narices.

Teníamos que resolverlo antes de la medianoche para no convertirnos en Calabaza, y quedarnos tan pobres como cuando empezamos. Me asomé a la ventana que da al jardín del frente de la casa para ver como caía el sol, y pude ver los últimos movimientos del Oso Hormiguero y de la Pantera Rosa, el Vuelo de uno de los búhos de Harry Potter y del Pato Lucas.  Se me ocurrió entonces una idea. Si todo lo que hicimos hasta ahora había sido inútil, es que habíamos usado armas equivocadas. Y pensé que teníamos que armar un Caballo de Troya para entrar en la organización enemiga, y aprovechando la frase “Lo esencial es invisible a los ojos” de El Principito, convocamos a “El hombre invisible” para la Misión. También a la “Hormiga atómica” y al “Super ratón”, que por su tamaño podía entrar en una caja de bombones. Y así lo hicimos, claro que tuvimos que enfrentar a varios oponentes cono El Acertijo, Lex Luthor, Pucho, Green Goblin, Dr. Octopus, Venom, Carnage y Kingpin. Pero finalmente lo logramos. Y no se lo vamos a agradecer ni a Zeus, ni a Thor, ni a Ra, ni a Dionisio.

A medianoche volvimos a repasar el experimento, pero cambiamos la licuadora por un artefacto que a Batman le gusta más…la batidora. Y el resultado fue excelente.

De la mezcla de aquellos ladronzuelos y de aquel agente tan satelital pudimos obtener un listado de personajes intermedios, ni buenos ni malos, ni héroes ni villanos. Y les cuento los primeros diez, el resto imagínenlos…El Topo Gigio, Porky, Blancanieves, Igor, Scooby Doo , Lassie, El chavo del ocho, El León Melquiades, El Lagarto Juancho y el Oso Yogui….

elduendeoscar

Escrito para ser leído en el programa 33 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del 8 de noviembre de 2017. Por la FM 107.9 Ultra o ultra1079.com

Dedicado a los amigos del Parque San Martín, quienes me ayudaron  recordar mi mapa prestándome el suyo por un rat

 

 

 

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Amar desde el principio

Amar desde el principio

“Lo primero que vi del amor, fueron sus ojos como puertas, luego no quise salir de su interior” elduendedandy

¿Existe una edad para empezar a sentir el amor? Algún docente de la Universidad, alguna vez, me dijo: “nunca empieces un texto con un apellido o con una pregunta”. Su recomendación apuntaba a una formalidad que para este texto me importa poco. Y cómo no conozco el apellido del amor, lo empiezo con esa pregunta ¿Existe una edad para empezar a sentir el amor? A la que trataré de responder desde lo subjetivo, desde lo que se me ocurre. Y así de creído y equivocado, intentaré cerrar la respuesta con otra pregunta ¿Se acaba el amor alguna vez?

Para empezar a sentir amor por otro, basta con que el otro nos seduzca con algo; una mirada, un tono de voz, una parte del cuerpo, un aroma, un gesto…algo que nos promueva el placer o el deseo por obtenerlo, por tocarlo, por abrazarlo, y listo. Esa energía que va y viene entre uno y otro puede ser correspondida o no. Sabemos que el amor no siempre es correspondido. Y eso de descubrir que el amor nos emociona, nos conmueve y nos gobierna, es un tema que al empezar a hablarlo, entramos en una trama de laberintos, imposibles de definir y especificar. Cada uno tiene su librito, su experiencia y sus vivencias.

Entonces, ¿A qué edad se empieza? Respuesta; ni bien te pase eso de descubrir al otro, al que te enamora. La ciencia ha llegado a la conclusión de la existencia de feromonas, unas hormonas que son emitidas por todos y percibidas por algunos. Algo así como el olor a celo en los animales. Ese fluido invisible es captado por el olfato y da pistas de compatibilidad. ¿Será por esto que dicen que los narigones no mueren solteros? Los ejemplos en los insectos son unos cuantos, siendo el que más asombra, el de la mariposa que huele a kilómetros a su amor, y vuela hasta llegar a él. Todo esto que deduzco y comento me hace pensar que, tal vez sea el origen de cuando decimos “hay química” entre dos personas.

Las formas del amor son variadas, y no voy a proponer un análisis del tema desde que nos enamoramos de la teta de mamá cada vez que la veíamos, particularmente porque no me acuerdo. Yo, no me acuerdo, pero hay gente que tomó teta hasta los 8 años, y seguro que lo recuerda. Y tomar como punto de partida esa clase de amor, es inapropiado.

La pregunta a resolver ¿Existe una edad para empezar a sentir el amor? A la que respondo con un creo que luego de la teta, o sea a partir del uso de razón. Aunque mezclar el amor con la razón tiene otros problemas que no son parte de este texto.

Entonces sigamos, aunque me equivoque. Tenemos un poco de razón, que sería tener un poco de consciencia, tenemos un cuerpo, y tenemos sentimientos humanos (aunque algunos de estos sentimientos los perdemos al entra a la escuela). Y desde allí empieza a girar la rueda de la vida, del amor y del azar. Por qué que quede claro, el azar ayuda. Explíquenme sino la ley del embudo, esa que dice “la más linda con el más boludo”.

Ahora bien. ¿Cuándo se acaba esto de amar? Yo creo que nunca. Incluso en los casos de personas que se amaron siempre, y tienen que vivir esa injusticia de perder a su otro yo o su media naranja, el amor no muere. El amor es como un helado en cucurucho. Lo saboreas hasta que tenés que enfrentar lo más duro.

Y a aquellos que no llegaron a tener una pareja estable, seguramente recordarán con amor; la primera vez, la vez más intensa, la vez más perversa y/o la última vez. Y que también quede claro, que para sentir amor por alguien, no quiere decir que ese amor sea correspondido, como ya dije. Es notoria la cantidad de gente que se enamora de un amigo o de una amiga, y estos no solo no se dan cuenta de que uno está embobado, si no, que cada vez que hablan del tema puntualizan que te quieren como amigo.

Como conclusión digo que solo imagino con algo de precisión sobre cuándo se tiene edad para empezar a amar y dejo planteado que, al menos para mí, la cosa no se termina. O sea, una vez que empezás a amar, el vicio no se detiene.

elduendeoscar

Escrito para el programa 35 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del 22 de noviembre de 2017 por la FM 107.9 Ultra o ultra1079.com.ar

 

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IMAGINANDO MUNDOS

Imaginando mundos

“Imagínalo, capaz de volar o de matarse, así es el hombre” elduendeácido

Yo imagine que el mundo alguna vez encontraría paz.

Imagine que finalmente el amor vencía y se propagaba.

Imagine que nadie moriría de hambre.

Imagine que los dioses nos cuidarían.

Que nadie ejercería violencia sobre los niños.

Yo imagine… que todo…sería más fácil.

Que todas las puertas se me abrirían.

Que todas las manos me ayudarían.

Que nadie cometería abusos.

Yo imagine que podía sembrar amor sin que nadie arranque los brotes.

Que podía caminar cruzando todas las fronteras.

Que nadie se moriría de frío ni de miedo.

Que nadie lloraría por tener que morir.

Yo imagine que el egoísmo era tratable.

Que el odio era solo circunstancial.

Que el sol nos daría alegría y calor a todos.

Que las estrellas son amigos que se fueron.

Yo imagine que todo lo imaginado podía ser real.

Y ahí, es donde me equivoqué, sin imaginarlo.

elduendeoscar

Escrito para el programa 34 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del 15 de noviembre de 2017.

Imagen Taringa

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SEMBRAR Y COSECHAR

SEMBRAR Y COSECHAR. 

“La sombra de un árbol no tiene semilla, lo que crece en las sombras, sí”  elduendeácido

Cada uno es dueño de la quintita que siembra y de la cosecha que ésta le brinda cada tanto, y hasta el final de su vida.

Si se siembran tomates, se cosecharán tomates. No hay formula rara aquí. La misma lógica de producción tendrá todo aquel que siembra melones, sandías, perejil u otra plantita.

Suena fuerte escuchar: Si siembras dudas, cosecharás desconfianza, si siembras soluciones, cosecharás respuestas, si siembras interrogantes, cosecharás reflexiones y si siembras distancias, obtendrás soledades. Suena fuerte, suena profundo, suena posible.

La idea de sembrar y cosechar en esta nota, es más bien metafórica y para mostrar una especie de causa efecto.

Pero tiene una relación tajante y directa con cualquier tipo de frontera, distancia, nivel, status y particularmente en la diferenciación con los demás cuando repasamos algunas de las siembras de nuestros antepasados.

La xenofobia, al apartheid, la discriminación, el nazismo y otros menjunjes han sido sembrados en el mundo que vivimos y desde entonces no se ha dejado de cosechar odio, subestimación, soberbia, aislamiento y muertes.

Cuando una persona insulta a otra por su color, formato corporal, raza, religión, ideología, nacionalidad, riqueza y otras tantas cosas, establece un lugar desde dónde se emite el insulto. Digamos que ese insulto establece una posición frente a las personas, frente a los valores y frente a la vida misma. Sembrar un insulto tiene seguramente una cosecha inesperada.

Dada la complejidad que resulta detallar cada uno de los elementos que surgen luego de insultar a alguien, ya sea por lo que se dice (por lo que quiere provocar y por lo que finalmente produce), nos vamos a abocar al siguiente listado de creencias, para nosotros ficcionales y de cierto interés de quienes lo creen para diferenciarse del resto.

Para este listado de creencias de unos sobre otros, hemos omitido la carga adjetivante de palabras usadas para decirlas o demostrarlas:

Los pobres no quieren trabajar.

Es muy difícil tener personal a cargo.

Son todos negros.

Es una reunión de grasas.

Demasiado escote.

No seas marica.

Comportamiento subversivo.

Usa ropa ajustada.

Algo habrán hecho.

Los gordos no entran.

Sacate la gorra.

Cortita la falda.

La droga les pega mal.

Tiene cara de enfermo.

Es un pobre campesino.

Anda a saber quién es el padre.

A este listado pueden seguir agregándole más frases.

Lo más paradójico resulta cuando alguien de la misma clase insulta al otro sin darse cuenta que pertenece a la misma clase.

Vaya a saberse a cuántas buenas personas no nos hemos podido acercar a partir de prejuicios instalados, sembrados desde antaño.

Vaya a saberse cuántas historias de amor no se han podido establecer a partir de creer en esas fronteras tan invisibles y tan resistentes.

Vaya a saberse cuántas revoluciones de sangre se necesitan para llegar a ese mundo donde la paz, la armonía y la bondad sean un bien común.

Quién esté libre de todo prejuicio siembre la primera semilla.

elduendeoscar

Texto escrito para el programa 28 de “Al ángulo izquierdo donde duele” del día 4 de octubre de 2017 por la FM 107.9 Ultra o ultra1079.com.ar

Imagen: Centro maestro de bienestar

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Una biografía de fantasmas…

Una biografía de fantasmas…

“La psiquis es un fantasma que suele reaparecer para recordarnos que podemos tener miedo”  elduendeperverso

Allá por el año 1968, cuando apenas mi vida cumplía 10 años, todo cambió de repente.  Debido al desbordé del Rio Matanza que provocó una inundación de aguas tan sucias como la conciencia de los corruptos, tuvimos de mudarnos a la casa de nuestra abuela materna.

En aquella casa inundada escuché varias historias sobre seres y entidades que trataron de asustarme desde niño, sin lograrlo. Al menos eso creo.

Mi madre decía que no había que dormir boca arriba por la posibilidad de que un sapo se colocara sobre mi corazón y eso causaría mi muerte. También decía que había que volver temprano a casa o comer toda la comida si no, vendría el Hombre de la Bolsa y me llevaría como castigo.

Una tarde se contaban entre vecinos la muerte de una persona que no era de buena semilla y alguien dijo “esa alma va a penar mucho para entrar al cielo”. La interpretación que hice por entonces fue un poco tomada de una realidad imposible y de mucha imaginación. Por un lado nunca había visto cómo se abría un cielo para entrar, cosa que luego de mirar como pasaban las nubes, solo era posible para quien pudiera volar. O sea que ese muerto volaría hasta alguna puerta o agujero para entrar al cielo. Luego se me ocurrió que un cuerpo sin alas no puede volar.  Y pensé si existiría alguna nave que llevará al muerto hasta esa abertura. También pensé que una escalera larga podría servir, pero cómo podría subir una escalera un muerto. Todas estas teorías se las conté a Don Antonio, un hombre mayor, al que le faltaba una pierna y tenía un palomar completo. Él siempre escuchaba y se reía de mis conclusiones. Mirando a una paloma mensajera, me dijo: “Todas las personas tienen un alma, algo adentro del cuerpo que no es visible y cuando esa persona muere en su última respiración hacia afuera, esa alma sale y empieza a subir hacia el cielo”. Se me vino a la cabeza la imagen de un niño en una plaza al que se le escapaba un globo. Y el globo sube y sube y empieza a desaparecer. Me fui a buscar a algún amigo para contarle la historia y sorprenderlos con mis conocimientos. Ellos se asustaron ni bien les dije que había muerto alguien y que había que mirar al cielo para ver como entraba el alma en él. Uno de ellos me dijo que me olvidará de eso y me invitó a jugar a la pelota, el otro me dijo “cuando se murió mi tío todos rezaban con un rosario en las manos para que se vaya al cielo y yo me reía hasta que mi vieja me pegó un cachetazo en la nuca y me pidió más respeto por los muertos… pero yo no vi que saliera volando”. Y nos pusimos a jugar.

Por la noche el clima en casa era bastante espeso. Algo raro pero habitual pasaba entre mis padres. Cuando con mis hermanos se percibía esta situación, se sabía que lo mejor era; comer lo que haya calladitos e irse a dormir de inmediato. Por lo que me fui a acostar más temprano que lo habitual y empecé a recordar el tema del día: “el alma que sale y sube sin ser vista”.  Trataba de descubrir alguna pista que me permitiera entender cómo se producía ese suceso y tardé en dormirme. Por nuestras camas pasó mi madre para ver que todo estuviera bien y me descubrió despierto. Me puso la mano en la frente y me dijo “Me parece que tenés algo de fiebre” y preguntó si me dolía algo. Solo se me ocurrió preguntarle si existían almas de colores y me dijo que no, que me durmiera ya. Lo que si pude comprobar con su respuesta es que las almas existen pero que no pueden verse. Escuché que hablaba con mi hermano dormido diciendo “Otra vez te hiciste pis en la cama…y eso que te dejo la pelela acá nomás. Finalmente, y luego de varias vueltas sobre mi eje, enredar cobijas y transpirar, me dormí. Pero en mi sueño el tema apareció latente y los restos diurnos dieron sus frutos.

Despierto en medio de la noche, al menos eso creo que sucedió. El lugar aparece semi iluminado ya que a mi hermana no le gustaba dormir con las luces apagadas. Miró primeramente hacía sus camas y veo quietud. Giro mi cabeza hacía la puerta que da al comedor y me quedo helado. Siento un golpe adrenalínico que hace erizar mi piel. Mi corazón parecía un tambor explotando en mi pecho. Perfectamente enmarcada con el marco de la puerta una persona de desnuda de pelos largos está sentada en una escupidera. Puedo recordar que era blanca, toda blanca, brillante muy brillante. El resto del lugar no pierde formas, la mesa es la mesa, las sillas son las sillas. Ella me mira. Me mira fijamente como si supiera que yo miraba. Sos ojos parecen abrirse más, agrandarse y reducirse. Impresiona esa mirada. Me tapo la cabeza para dejar de verla y trato de pensar. De a poco voy levantando la cobija para volver a verla porque se me ocurrió que si yo me tapaba ella podía levantarse y venir hasta mí. Cuando ya puedo volver a verla sentada en aquel lugar, ya no estaba. Miré para todos lados y dejé de verla. Entonces empecé a gritar. Y en pocos segundos mi madre en enagua se apareció preguntándome ¿qué pasó? Intento contarle completamente agitado y con el corazón en la boca lo que había visto y le pido que prenda todas las luces, que estaba allí todavía pero que no podía verla. ¿Qué cosa? ¿De qué hablás? Y me abrazó tratando de calmarme. Volvió a ponerme su mano en la frente y me dijo…vos tenés fiebre. Me recostó, me puso un paño mojado en la frente, se quedó un rato a mi lado. Y no recuerdo más nada.

Sin que hubiera sido el proyecto familiar tuvimos que escapar de aquella inundación ocurrida en Valentín Alsina a finales del ‘68 a un barrio llamado los Hornos donde nos alojó nuestra abuela materna. Una casilla prefabricada de las llamadas “Vivienda Tarzán”. Paredes endebles, pisos de cemento, ventanas corredizas y un techo sano, lo que mejoraba nuestra vida diaria. Prestada solidariamente a compartir con mi abuela y su hijo menor hasta que pudiéramos acomodar nuestras vidas.

Pegada a la casa había un pequeño terreno que oficiaba de jardín del largo del terreno donde se armó aquella otra. Y pegado a este terreno, había una casa antigua del tipo casona galería que mostraba la disposición de las habitaciones de modo visible, ya que el límite era un pequeño alambrado y no una pared. Puedo recordar el color amarillento de sus paredes y marrones oscuros de las aberturas. Todas las puertas tenían trancas o sea unos tirantes de madera pasantes que evitaban el ingreso de ajenos a la hora de dejar la casa. En ella habitaba Don Carley. Un hombre solitario y barbudo del que nunca supe mucho más. Algunos comentaban que vivía en un campo como casero. Y cuando estaba en esa casa era por poco tiempo y podía verse ropa colgada o fuego para un churrasco.

Solo cuando acompañaba a mi abuela a sacar alguna verdura de la huerta podía verlo disimuladamente y escuchando breves charlas con ella. Alguna vez vi que devolvía las gallinas que de nuestra casa de pasaban a la suya.

Esa casa me producía cierta curiosidad. Era todo un misterio. A mis once años había derrumbado unos cuantos mitos y alguien vecino me había contado que en esa casa había fantasmas. Era entonces mi próxima aventura. Descubrir qué había en esa casa cuando no estaba Don Carley.

Lo primero que hice fue escruchar o sea estudiar la actividad, para ver cuando podía intentar entrar. Esto tenía que ser de día para poder tener una precisión sobre el lugar para no ir de noche sin un conocimiento y ser una presa fácil. No solo de un fantasma, si no de un perro, de una telaraña gigante o de alguna persona, ya sea la del propietario o la de otra habitante. Esta sospecha de la existencia de otro surgió a partir de ver que el hombre barbudo colgaba ropas que no serían las suyas, para secarse al sol y del implacable cuidado de cerrar todas las puertas siempre. Agrego que para poder observar la casa hice un agujero entre ladrillos de la pared desde adentro del pequeño baño que daba un perfecto panorama. Agujero posible ante la falta de revoques, que mantuve secreto y que nadie descubrió al igual que otros, por lo que espiaba a mis tías y primas cuando se bañaban.

Luego de observar pacientemente durante un tiempo logré deducir el cuándo y el cómo entrar a la casa, cosa que hice de manera perfecta y creo sin dejar ninguna huella. Aprovechando mi pequeña y flaca figura, entré por una pequeña ventana que daba al fondo y no era vista por nadie. No había perros. No había personas. Encontré muy pocos muebles y mucho olor a humedad en el ambiente. Podía verse lo que lo que el poco sol que entraba por los altos ventiluces iluminaba. Una catrera con cobijas revueltas. Una mesa sucia con dos botellas de vino vacías, un puñado de migas de pan sobre la mesa y un plato también sucio y vacío. Y sola una silla algo derrumbada. Y otra pieza con un gigante ropero donde solo había unas cajas por encima y unas cajas adentro. Los cajones con diarios y nada que llame la atención. Mientras estaba haciendo el testeó siento que alguien intenta entrar por el movimiento del picaporte de la puerta del frente y empecé mi rápida huida. Me fue fácil trepar y correr pasando por debajo del alambre para ocultarme en aquel baño. Me puse a observar por el agujero y no vi a nadie. Me quedé un rato mirando hasta que mi tía me pidió que terminara lo que estaba haciendo, ya que se quería bañar. Dejé que lo hiciera, pero no puede evitar espiarla. Luego de ese hermoso rato, me puse a pensar en lo ocurrido en lo de Don Carley. Y me di cuenta que había dejado una pista. La ventana del fondo había quedado bien abierta. Y cuando ingresé por ella, estaba apenas abierta.

Se me ocurrió ir a cerrarla en plena noche, pero, me paralice al ver que desde una de las habitaciones podía verse el reflejo de una luz titilante. No muy intensa, pero visible por el ventiluz de la habitación donde estaba aquella cama sin hacer. Juro que no vi que alguien entrara luego del ruido del picaporte. Suspendí mi ida a cerrar esa ventana.

Tres días después recomencé mi tarea de espiar los movimientos de aquella casa. Por mi lugar de observación veo por primera vez una puerta abierta y a Don Carley solo y sentado en aquella ruinosa silla tomando mate. Unos pájaros raros empezaron a cantar. Podía escuchar sus fuertes notas estando en el baño.  Este hombre empezó a mirar hacia donde yo estaba de una manera intimidatoria. Como si me mirará a los ojos. Eso sentí. Era una mirada directa hacía el lugar donde yo estaba. Los pájaros bajaron a la huerta y luego salieron volando sin dejar de cantar raramente. Los miré hasta dónde pude, ya que el agujero era limitado. Luego quise volver la mirada hacia Don Carley y ya no estaba. Dejé mi observación y le fui a contar a mi abuela sobre los pájaros esos. Ella me dijo “Mientras no sea pájaros de mal agüero…”. Le pregunté qué quería decir eso. Y agregó “Son pájaros que cantan o revolotean trayendo malas noticias pal que los escuche”. A nadie le conté que había hecho, era un secreto personal.

Me pregunté si vaticinaban algo respecto a mi aventura. Entrar a una casa sin permiso, escuchar un picaporte sin que, entre nadie, sostener una mirada penetrante y fija con alguien, una luz parpadeante y finalmente unos pájaros extraños. Decidí suspender mi búsqueda dándome por satisfecho suponiendo que sí había fantasmas en esa casa. Pero esa noche recibí el susto de mi vida.

Para entonces ya nos habíamos mudado a una casa que estaba frente a la de mi abuela. Solo había que cruzar una calle de tierra muy poco transitada y con una muy pobre iluminación. Solía caminar por el barrio a cualquier hora y me conocía muy bien sus movimientos. Al salir de la casa de mi abuela para ir a cenar a la mía, encaré un caminito en diagonal por el que debía saltar una zanja, al saltarla veo que detrás de un gran árbol de coquitos y de entre las sombras más oscuras de la noche, una figura casi humana viniendo hacía mí con sonidos guturales y cayendo en esa zanja tan putrefacta. Solo pensé en correr lo más rápido que podía hasta llegar a casa donde asustadísimo, no sé de dónde saqué tantos pies. Le dije a mi padre que alguien me quería atrapar y que estaba cerca de la casa de Don Carley. Él sin dudarlo salió con su revolver para ver de qué se trataba. Yo me quedé casi temblando al lado de mi madre. Hasta que mi padre volvió para contarnos que era el mismísimo Don Carley que muy borracho se cayó a la zanja.

Creo que estuve como un mes sin visitar a mi abuela y nunca más volví a ver a aquel solitario y barbudo señor.

Luego de un largo peregrinaje por otras dos casas, nos alejamos de Los Hornos, ese bello barrio de la ciudad de la Plata, para acercarnos más al centro, dentro del casco urbano. Y nos alojamos en familia a mis trece años en una casa de la calle 20 a la altura del 878, entre 49 y 50. Frente mismo al Tribunal de Faltas, antes llamado Corralón Municipal. Era una casa de material con fondo y un pequeño galponcito de madera. Allí vivimos desde finales del año 1970 hasta mediados del año 1979. Exactamente a 50 metros de lo que era por entonces el Regimiento VII de Infantería.

No puedo especificar exactamente el cuándo ni el cómo empezaron a ocurrir cosas raras en aquella casa.

La primera de ella fue que alguna de las canillas se abría. Esto solo lo notábamos cuando llegábamos hasta ella para usarla y la encontrábamos abierta. Retábamos al que la hubo usado antes reclamando que sea cerrada. Pero en todos los casos, el último en usarla, la había cerrado perfectamente. La casa tenía cinco canillas. Una en el pasillo que usábamos para regar o baldear; una en el galponcito que posaba por encima del piletón de lavado de ropas; una en la cocina y dos en el baño. Una en la pileta y otra en el mezclador de la ducha, pero esa no funcionó nunca. Cuando sucedía no sucedía siempre con la misma canilla, o sea, si la última en abrirse sola era la de la cocina, posteriormente le tocaba a otra. Supuse en principio que era una broma de alguno de mis dos hermanos o de mi padre. A mi madre no le gustaban esos chistes. Pero una tarde estando solo en casa, descubrí que se había abierto la canilla del pasillo sin que hubiera nadie. Allí empecé a sospechar algo. Y cerré mi idea completamente. Una noche en la que estábamos todos cenando en el comedor se abrió la canilla del baño y los últimos en usarla fuimos mi hermano y yo y hasta nos hicimos un chiste diciendo “Vamos a cerrarla bien, no sea cosa que crean que somos fantasmas”. O sea que, nadie había sido.

Lo segundo extraño que pasaba es que cada tanto y en cualquier horario el depósito de agua se descargaba solo sin que nadie tirara de la cadena.

Y eso también fue notado por todos. Debido a la coincidencia de que el agua estaba presente en ambos casos, o sea, canillas abiertas y descarga al inodoro, consulté a un plomero amigo, quien vino con sus herramientas y luego de un rato no encontró nada raro en el funcionamiento. Luego de despedirlo, me encontré con la canilla del galpón abierta, cosa que lamentablemente no ocurrió mientras el profesional estaba.

Una tercera secuencia nos empezó a preocupar. El picaporte de la puerta que daba de la casa al fondo se movía en presencia de uno o dos de nosotros. Casualmente nunca cuando estaba mi padre, que se reía cuando le contábamos y decía “dejen de drogarse”. Además, esta vez yo sí creí que era él quien desde afuera movía la manija y escapaba. Pero tampoco.

Era verano. Cuando hacía mucho calor, aquella puerta que daba al fondo la dejábamos abierta hasta irnos a dormir. Cuando se levantaba el fresco la cerrábamos sin llave. Una noche de verano algo fresca, estábamos todos comiendo con la puerta cerrada. Cada uno ocupado en lo suyo con la televisión encendida. De pronto empieza a moverse locamente el picaporte. Mi padre se desorbita y nos pide que nos tiremos al suelo, apaga la luz y abre intempestivamente la puerta revolver en mano. Todo fue muy rápido. Y solo la luz del televisor iluminaba a nuestros cuerpos tirados. Mi padre salió tras algo… pero no encontró nada. Nos costó recomponernos. Comimos desconfiadamente. Habíamos cambiado las posiciones en la mesa y mi padre se colocó al lado de aquella puerta.

Las cosas raras, siguieron pasando sin sorprendernos, aunque mis hermanitos se asustaban y no podían estar solos en la casa.

No volvió a pasar nada nuevo hasta el día en que se cayó el crucifijo.

Esa tarde mi madre le cuenta a mi padre, que sobre la cama había encontrado al crucifijo de metal y hueso caído sobre la cama con el Cristo de espaldas al techo. Este símbolo cristiano colgaba de un clavo un metro por encima del respaldo de la cama matrimonial que usaban mis padres.

Mi padre refirió a una casualidad o a un viento aquella caída, y volvió a colocarlo en su lugar. Dos días después, mi madre volvió a encontrarlo sobre la larga almohada y nuevamente con la espalda negando al cielo, y sin decirle a mi padre intentó colocarlo. Pero no encontró el clavo de donde colgaba desde siempre, ya que no era de nuestra familia, si no que formaba parte del mobiliario que tenía aquella casa cuando arribamos. Ella me lo cuenta primero a mí y le propuse buscar el clavo. Hicimos un rastreo milimétrico y no dimos con él. Revisamos cada ranura del piso de pinoteas, cada cobija y sabana desarmando por completo la cama. No tuvimos suerte. El clavo había desaparecido como por arte de magia.

El crucifijo finalmente lo pusimos en una vieja cómoda tratando de que quede parado mirando aquella cama. Eso fue por la tarde, a la noche estaba caído.

Fui a visitar a una conocida mentalista para resolver el misterio. Y ella me pidió que ponga vasos con agua todas las noches por siete días a partir de la luna llena ya que seguramente habría un espíritu pidiendo que se rece por él.

Sin dudarlo fui a preguntarle al dueño de aquella casa si alguien había fallecido en ella. Si, me dijo, hace unos diez años, murió mi padre.

elduendeoscar

Escrito para leer en el programa 31 de “Al ángulo izquierdo donde duele” por la FM 107.9 ultra o ultra1079.com.ar el 25 de octubre de 2017

 

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