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Una biografía de fantasmas…

Una biografía de fantasmas…

«La psiquis es un fantasma que suele reaparecer para recordarnos que podemos tener miedo»  elduendeperverso

Allá por el año 1968, cuando apenas mi vida cumplía 10 años, todo cambió de repente.  Debido al desbordé del Rio Matanza que provocó una inundación de aguas tan sucias como la conciencia de los corruptos, tuvimos de mudarnos a la casa de nuestra abuela materna.

En aquella casa inundada escuché varias historias sobre seres y entidades que trataron de asustarme desde niño, sin lograrlo.  Al menos eso creo.

Mi madre decía que no había que dormir boca arriba por la posibilidad de que un sapo se colocara sobre mi corazón y eso causaría mi muerte. También decía que había que volver temprano a casa o comer toda la comida si no, vendría el Hombre de la Bolsa y me llevaría como castigo.

Una tarde se contaban entre vecinos la muerte de una persona que no era de buena semilla y alguien dijo “esa alma va a penar mucho para entrar al cielo”. La interpretación que hice por entonces fue un poco tomada de una realidad imposible y de mucha imaginación. Por un lado nunca había visto cómo se abría un cielo para entrar, cosa que luego de mirar como pasaban las nubes, solo era posible para quien pudiera volar. O sea que ese muerto volaría hasta alguna puerta o agujero para entrar al cielo. Luego se me ocurrió que un cuerpo sin alas no podía volar.  Y pensé si existiría alguna nave que llevará al muerto hasta esa abertura. También pensé que una escalera larga podría servir, pero cómo podría subir una escalera un muerto. Todas estas teorías se las conté a Don Antonio, un hombre mayor, al que le faltaba una pierna y tenía un palomar completo.  Él siempre escuchaba y se reía de mis conclusiones. Mirando a una paloma mensajera, me dijo: “Todas las personas tienen un alma, algo adentro del cuerpo que no es visible y cuando esa persona muere en su última respiración hacia afuera, esa alma sale y empieza a subir hacia el cielo”. Se me vino a la cabeza la imagen de un niño en una plaza al que se le escapaba un globo. Y el globo sube y sube y empieza a desaparecer. Me fui a buscar a algún amigo para contarle la historia y sorprenderlos con mis conocimientos.  Ellos se asustaron ni bien les dije que había muerto alguien y que había que mirar al cielo para ver como entraba el alma en él.  Uno de ellos me dijo que me olvidará de eso y me invitó a jugar a la pelota, el otro me dijo “cuando se murió mi tío todos rezaban con un rosario en las manos para que se vaya al cielo y yo me reía hasta que mi vieja me pegó un cachetazo en la nuca y me pidió más respeto por los muertos… pero yo no vi que saliera volando”. Y nos pusimos a jugar.

Por la noche el clima en casa era bastante espeso. Algo raro pero habitual pasaba entre mis padres. Cuando con mis hermanos se percibía esta situación, se sabía que lo mejor era; comer lo que haya calladitos e irse a dormir de inmediato. Por lo que me fui a acostar más temprano que lo habitual y empecé a recordar el tema del día: “el alma que sale y sube sin ser vista”.  Trataba de descubrir alguna pista que me permitiera entender cómo se producía ese suceso y tardé en dormirme. Por nuestras camas pasó mi madre para ver que todo estuviera bien y me descubrió despierto. Me puso la mano en la frente y me dijo “Me parece que tenés algo de fiebre” y preguntó si me dolía algo.  Solo se me ocurrió preguntarle si existían almas de colores y me dijo que no, que me durmiera ya. Lo que si pude comprobar con su respuesta es que las almas existen pero no pueden verse. Escuché que hablaba con mi hermano dormido diciendo “Otra vez te hiciste pis en la cama…y eso que te dejo la pelela acá nomás» Finalmente, y luego de varias vueltas sobre mi eje, enredar cobijas y transpirar, me dormí. Pero en mi sueño el tema apareció latente y los restos diurnos dieron sus frutos.

Despierto en medio de la noche, al menos eso creo que sucedió. El lugar aparecía semi iluminado ya que a mi hermana no le gustaba dormir con las luces apagadas. Miré primeramente hacía sus camas y vi quietud. Giré mi cabeza hacía la puerta que daba al comedor y me quedé helado. Sentí un golpe adrenalínico que hizo erizar mi piel. Mi corazón parecía un tambor explotando en mi pecho. Perfectamente enmarcada con el marco de la puerta una persona desnuda de pelos largos estaba sentada en una escupidera. Puedo recordar que era blanca, toda blanca, brillante muy brillante. El resto del lugar no perdió  formas, la mesa era mesa, las sillas eran las sillas. Ella me miraba.  Me miraba fijamente como si supiera que yo la miraba.  Sus ojos parecían abrirse más, agrandarse y reducirse.  Impresionaba esa mirada. Me tapé la cabeza para dejar de verla y traté de pensar.  De a poco fui levantando la cobija para volver a verla porque se me ocurrió que si yo me tapaba ella podía levantarse y venir hasta mí.  Cuando ya pude volver a verla sentada en aquel lugar, ya no estaba.  Miré para todos lados y dejé de verla. Entonces empecé a gritar. Y en pocos segundos mi madre en enagua se apareció preguntándome ¿Qué pasó? Intenté contarle completamente agitado y con el corazón en la boca lo que había visto y le pedí que prendiera todas las luces, que estaba allí todavía pero que no podía verla. ¿Qué cosa? ¿De qué hablás?  Y me abrazó tratando de calmarme.  Volvió a ponerme su mano en la frente y me dijo…vos tenés fiebre.  Me recostó, me puso un paño mojado en la frente, se quedó un rato a mi lado. Y no recuerdo más nada.

Sin que hubiera sido el proyecto familiar tuvimos que escapar de aquella inundación ocurrida en Valentín Alsina a finales del ‘68 a un barrio llamado los Hornos donde nos alojó nuestra abuela materna. Una casilla prefabricada de las llamadas “Vivienda Tarzán”.  Paredes endebles, pisos de cemento, ventanas corredizas y un techo sano, lo que mejoraba nuestra vida diaria. Prestada solidariamente a compartir con mi abuela y su hijo menor hasta que pudiéramos acomodar nuestras vidas.

Pegada a la casa había un pequeño terreno que oficiaba de jardín del largo del terreno donde se armó aquella otra. Y pegado a este terreno, había una casa antigua del tipo casona galería que mostraba la disposición de las habitaciones de modo visible, ya que el límite era un pequeño alambrado y no una pared. Puedo recordar el color amarillento de sus paredes y marrones oscuros de las aberturas. Todas las puertas tenían trancas o sea unos tirantes de madera pasantes que evitaban el ingreso de ajenos a la hora de dejar la casa. En ella habitaba Don Carley.  Un hombre solitario y barbudo del que nunca supe mucho más.  Algunos comentaban que vivía en un campo como casero. Y cuando estaba en esa casa era por poco tiempo y podía verse ropa colgada o fuego para un churrasco.

Solo cuando acompañaba a mi abuela a sacar alguna verdura de la huerta podía verlo disimuladamente y escuchando breves charlas con ella.  Alguna vez vi que devolvía las gallinas que de nuestra casa de pasaban a la suya.

Esa casa me producía cierta curiosidad.  Era todo un misterio.  A mis once años había derrumbado unos cuantos mitos y algún vecino me había contado que en esa casa había fantasmas.  Era entonces mi próxima aventura.  Descubrir qué había en esa casa cuando no estuviera Don Carley.

Lo primero que hice fue escruchar o sea estudiar la actividad, para ver cuando podía intentar entrar.  Esto tenía que ser de día para poder tener una precisión sobre el lugar, para no ir de noche sin un conocimiento y ser una presa fácil.  No solo de un fantasma,  sino de un perro, de una telaraña gigante o de alguna persona, ya sea el propietario o la de otro habitante.  Esta sospecha de la existencia de otro surgió a partir de ver que el hombre barbudo colgaba ropas que no serían las suyas, para secarse al sol y del implacable cuidado de cerrar todas las puertas siempre.  Agrego que para poder observar la casa hice un agujero entre ladrillos de la pared desde adentro del pequeño baño que daba un perfecto panorama. Agujero posible ante la falta de revoques, que mantuve secreto y que nadie descubrió al igual que otros, por los que espiaba a mis tías y primas cuando se bañaban.

Luego de observar pacientemente durante un tiempo logré deducir el cuándo y el cómo entrar a la casa, cosa que hice de manera perfecta y creo sin dejar ninguna huella. Aprovechando mi pequeña y flaca figura, entré por una pequeña ventana que daba al fondo y no era vista por nadie.  No había perros.  No había personas.  Encontré muy pocos muebles y mucho olor a humedad en el ambiente.  Podía verse gracias al poco sol que entraba iluminando por los altos ventiluces . Una catrera con cobijas revueltas.  Una mesa sucia con dos botellas de vino vacías, un puñado de migas de pan sobre la mesa y un plato también sucio y vacío. Y sola una silla algo derrumbada. Y otra pieza con un gigante ropero donde solo había unas cajas por encima y unas cajas adentro. Los cajones con diarios y nada que llame la atención. Mientras estaba haciendo el testeó ,sentí que alguien intentó entrar por el movimiento del picaporte de la puerta del frente y empecé mi rápida huida. Me fue fácil trepar y correr pasando por debajo del alambre para ocultarme en aquel baño. Me puse a observar por el agujero y no vi a nadie. Me quedé un rato mirando hasta que mi tía me pidió que terminara lo que estaba haciendo, ya que se quería bañar.  Dejé que lo hiciera, pero no pude evitar espiarla. Luego de ese hermoso rato, me puse a pensar en lo ocurrido en lo de Don Carley.  Y me di cuenta que había dejado una pista. La ventana del fondo había quedado bien abierta. Y cuando había ingresado por ella, estaba apenas abierta.

Se me ocurrió ir a cerrarla en plena noche,  pero,  me paralicé al ver que desde una de las habitaciones podía verse el reflejo de una luz titilante.  No muy intensa, pero visible por el ventiluz de la habitación donde estaba aquella cama sin hacer.  Juro que no vi que alguien entrara luego del ruido del picaporte.  Suspendí mi ida a cerrar esa ventana.

Tres días después recomencé mi tarea de espiar los movimientos de aquella casa. Por mi lugar de observación vi por primera vez una puerta abierta y a Don Carley solo y sentado en aquella ruinosa silla tomando mate.  Unos pájaros raros empezaron a cantar.  Podía escuchar sus fuertes notas estando en el baño.  Este hombre empezó a mirar hacia donde yo estaba de una manera intimidatoria.  Como si me mirará a los ojos.  Eso sentí.  Era una mirada directa hacía el lugar donde yo estaba.  Los pájaros bajaron a la huerta y luego salieron volando sin dejar de cantar raramente.  Los miré hasta dónde pude, ya que el agujero era limitado. Luego quise volver la mirada hacia Don Carley y ya no estaba.  Dejé mi observación y le fui a contar a mi abuela sobre los pájaros esos.  Ella me dijo “Mientras no sean pájaros de mal agüero…”. Le pregunté qué quería decir eso.  Y agregó “Son pájaros que cantan o revolotean trayendo malas noticias pal que los escuche”.  A nadie le conté lo que había hecho, era un secreto personal.

Me pregunté si vaticinaban algo respecto a mi aventura.  Entrar a una casa sin permiso, escuchar un picaporte sin que, entre nadie,  sostener una mirada penetrante y fija con alguien, una luz parpadeante y finalmente unos pájaros extraños.  Decidí suspender mi búsqueda dándome por satisfecho suponiendo que sí había fantasmas en esa casa.  Pero esa noche recibí el susto de mi vida.

Para entonces ya nos habíamos mudado a una casa que estaba frente a la de mi abuela. Solo había que cruzar una calle de tierra muy poco transitada y con una muy pobre iluminación.  Solía caminar por el barrio a cualquier hora y me conocía muy bien sus movimientos.  Al salir de la casa de mi abuela para ir a cenar a la mía, encaré un caminito en diagonal por el que debía saltar una zanja, al saltarla ví  que detrás de un gran árbol de coquitos y de entre las sombras más oscuras de la noche, una figura casi humana viniendo hacía mí con sonidos guturales y cayendo en esa zanja tan putrefacta.  Solo pensé en correr lo más rápido que podía hasta llegar a casa, donde asustadísimo, no sé de dónde saqué tantos pies.  Le dije a mi padre que alguien me quería atrapar y que estaba cerca de la casa de Don Carley.  Él sin dudarlo salió con su revolver para ver de qué se trataba. Yo me quedé casi temblando al lado de mi madre.  Hasta que mi padre volvió para contarnos que era el mismísimo Don Carley que muy borracho se había caído  la zanja.

Creo que estuve como un mes sin visitar a mi abuela y nunca más volví a ver a aquel solitario y barbudo señor.

Luego de un largo peregrinaje por otras dos casas, nos alejamos de Los Hornos, ese bello barrio de la ciudad de la Plata, para acercarnos más al centro, dentro del casco urbano. Y nos alojamos en familia a mis trece años en una casa de la calle 20 a la altura del 878, entre 49 y 50.  Frente mismísimo al Tribunal de Faltas, antes llamado Corralón Municipal.  Era una casa de material con fondo y un pequeño galponcito de madera.  Allí vivimos desde finales del año 1970 hasta mediados del año 1979.  Exactamente a 50 metros de lo que era por entonces el Regimiento VII de Infantería.

No puedo especificar exactamente el cuándo ni el cómo empezaron a ocurrir cosas raras en aquella casa.

La primera de ella fue que alguna de las canillas se abría.  Esto solo lo notábamos cuando llegábamos hasta ella para usarla y la encontrábamos abierta. Retábamos al que la hubía usado antes reclamando que la cerrara . Pero en todos los casos, el último en usarla, la había cerrado perfectamente.  La casa tenía cinco canillas. Una en el pasillo que usábamos para regar o baldear; una en el galponcito que posaba por encima del piletón de lavado de ropas; una en la cocina y dos en el baño.  Una en la pileta y otra en el mezclador de la ducha, que no funcionó nunca. Cuando sucedía, no era siempre con la misma canilla, o sea, si la última en abrirse sola era la de la cocina, posteriormente le tocaba a otra.  Supuse en principio que era una broma de alguno de mis dos hermanos o de mi padre.  A mi madre no le gustaban esos chistes.  Pero una tarde estando solo en casa, descubrí que se había abierto la canilla del pasillo sin que hubiera nadie.  Allí empecé a sospechar algo.  Y cerré mi idea completamente.  Una noche en la que estábamos todos cenando en el comedor se abrió la canilla del baño y los últimos en usarla habíamos sido mi hermano y yo, y hasta nos hicimos un chiste diciendo “Vamos a cerrarla bien, no sea cosa que crean que somos fantasmas”.                          O sea que, nadie había sido.

Lo segundo extraño que pasaba es que cada tanto y en cualquier horario el depósito de agua se descargaba solo sin que nadie tirara de la cadena.

Y eso también fue notado por todos.  Debido a la coincidencia de que el agua estaba presente en ambos casos, o sea, canillas abiertas y descarga al inodoro, consulté a un plomero amigo, quien vino con sus herramientas y luego de un rato no encontró nada raro en el funcionamiento. Luego de despedirlo, me encontré con la canilla del galpón abierta, cosa que lamentablemente no ocurrió mientras el profesional estaba.

Una tercera secuencia nos empezó a preocupar. El picaporte de la puerta que daba de la casa al fondo se movía en presencia de uno o dos de nosotros. Casualmente nunca cuando estaba mi padre, que se reía cuando le contábamos y decía “dejen de drogarse”.  Además, esta vez yo sí creí que era él quien desde afuera movía la manija y escapaba. Pero tampoco.

Era verano.  Cuando hacía mucho calor, aquella puerta que daba al fondo la dejábamos abierta hasta irnos a dormir.  Cuando se levantaba el fresco la cerrábamos sin llave.  Una noche de verano algo fresca, estábamos todos comiendo con la puerta cerrada.  Cada uno ocupado en lo suyo con la televisión encendida.  De pronto empezó a moverse locamente el picaporte.  Mi padre se desorbitó y nos pidió que nos tiremos al suelo, apagó la luz y abrió intempestivamente la puerta revolver en mano. Todo fue muy rápido. Y solo la luz del televisor iluminaba a nuestros cuerpos tirados. Mi padre salió tras algo… pero no encontró nada. Nos costó recomponernos. Comimos desconfiadamente. Habíamos cambiado las posiciones en la mesa y mi padre se colocó al lado de aquella puerta.

Las cosas raras, siguieron pasando sin sorprendernos, aunque mis hermanitos se asustaban y no podían estar solos en la casa.

No volvió a pasar nada nuevo hasta el día en que se cayó el crucifijo.

Esa tarde mi madre le contó a mi padre, que sobre la cama había encontrado al crucifijo de metal y hueso caído, con el Cristo de espaldas al techo.  Este símbolo cristiano colgaba de un clavo, un metro por encima del respaldo de la cama matrimonial que usaban mis padres.

Mi padre refirió a una casualidad o a un viento aquella caída, y volvió a colocarlo en su lugar.  Dos días después, mi madre volvió a encontrarlo sobre la larga almohada y nuevamente con la espalda negando al cielo, y sin decirle a mi padre intentó colocarlo. Pero no encontró el clavo de donde colgaba desde siempre, ya que no era de nuestra familia, sino que formaba parte del mobiliario que tenía aquella casa cuando arribamos.  Ella me lo contó primero a mí y le propuse buscar el clavo.  Hicimos un rastreo milimétrico y no dimos con él.  Revisamos cada ranura del piso de pinoteas,  cada cobija y sábana desarmando por completo la cama.  No tuvimos suerte.  El clavo había desaparecido como por arte de magia.

El crucifijo finalmente lo pusimos en una vieja cómoda tratando de que quede parado mirando aquella cama.  Eso fue por la tarde, a la noche estaba caído.

Fui a visitar a una conocida mentalista para resolver el misterio. Y ella me pidió que pusiera vasos con agua todas las noches por siete días a partir de la luna llena, ya que seguramente habría un espíritu pidiendo que se rece por él.

Sin dudarlo fui a preguntarle al dueño de aquella casa, si alguien había fallecido en ella.  Si, me dijo, hace unos diez años, murió mi padre.

elduendeoscar

Escrito para leer en el programa 31 de “Al ángulo izquierdo donde duele” por la FM 107.9 ultra o ultra1079.com.ar el 25 de octubre de 2017

 

NO EXISTE EL FÚTBOL SIN ERRORES

No existe el fútbol sin errores

“Caer en la desgracia de creer que todo está perdido es haberlo perdido todo de antemano” elduendebobó

Ningún juego existe sin errores al ser jugado. Las reglas que organizan un formato para que el juego se encuadre en ellas tratan de ser lo más justas posibles. Intenta tener una imparcialidad a la hora de castigar las faltas o las trampas que quieran ser cometidas por los participantes.

El fútbol profesional no es un juego, es un deporte institucionalizado a partir del rigor de su reglamentación que universaliza los modos en los que debe jugarse, en las formas de ser llevado a cabo, en la organización de sus torneos, en las transferencias de jugadores, en la formación de los árbitros, en la afiliación de las entidades encargadas de regularlo a nivel regional, municipal, provincial, nacional, por continente y a nivel mundial. Entre otros elementos como la revisión y conformación de nuevas reglas, la incorporación de la tecnología y diversos factores sociales que van surgiendo a medida que el mundo vaya hacia su destino.

Básicamente las reglas intentan organizar un juego a partir de la universalidad de cinco factores comunes en todos los juegos, a saber: El terreno donde se desarrolla (campo, mesa, tablero, mar y otros), el material con el que se juega (pelota, disco, auto, garrocha, etc.), la duración del juego (minutos, horas, días, longitud, altura, etc.), la cantidad de participantes (por equipos, en parejas, individuales, por posta, etc.) y por último y tan importante, el objetivo. O sea, el gol, el set, la cantidad de vueltas, los metros a recorrer, los puntos, entre otros.

Que todo esté tan perfectamente organizado no quiere decir que no se cometan errores a la hora de jugar. Tratando de hacer un recuento de los tipos de errores que existen en los juegos y hablando meramente del fútbol sintetizamos los siguientes al solo efecto de agregar enfáticamente que sin errores no existe el fútbol:

Errores de anticipación:

Un delantero se relame cuando ve que un centro le va a permitir hacer su gol y la trayectoria del balón no pudo se desviada por un defensor o retenida por el arquero. En la jerga del fútbol suele decirse que el arquero salió a cazar mariposas. Un ejemplo claro es el segundo gol de Argentina frente a Alemania en la final del Mundial de 1986, donde el Tata José Luis Brown cabecea al fondo de las mayas.

Errores de cruce:

Generalmente el último defensor tiene la difícil tarea de cerrar los pases en profundidad hacia delanteros rápidos que posiblemente luego de superar con gambeta o con velocidad este cierre, suelen quedarse mano a mano con el arquero y definir al gol. Si el defensor no llega justo al cruce, es posible que te la manden a guardar.

Otro error de cruce es el de llegar tarde. Cuando esto sucede, generalmente es falta a favor del contrario, cuando no amonestación y/o expulsión debido a la fuerza del contacto, el lugar del contacto y la intención del quien comete el error.

Errores de pase:

Equivocarse de jugador para pasarle la pelota, esto es, dársela a un contrario es un error que tiene distintos grados de gravedad. No es lo mismo que un delantero intente darle al balón a otro delantero de su equipo y se lo dé a un defensor rival. Esto sucedería lejos del arco propio y tendría de alguna manera la alternativa de ser corregido. Pero el que no puede dar pases equivocado es el arquero, ya que por lo general el delantero que toma ese pase equivocado se la manda hasta el fondo. Sobran los ejemplos en Argentina de arqueros cancheros o apresurados.

Errores de contención:

Algo que fue cambiando con el transcurrir del tiempo en el fútbol ha sido el modo en que el arquero responde frente a un remate del contrario. Antiguamente los arqueros intentaban atenazar los balones con sus dos brazos y manos. Hoy cualquier arquero prefiere pegarle un puñetazo y despejar a intentar sujetar el esférico y dar rebote.

Son muchos los arqueros que se les escapa de las manos el balón para que luego ingrese a su propio arco. Sobre todo, los días de cancha mojada.

Errores de defensa:

No es fácil organizar a los defensores para tratar de achicarle el campo a los atacantes. Muchos son los goles que surgen a partir de errores de posición defensiva cuando el contrario tiene la pelota. Cuando un jugador no está concentrado o realiza un error de apreciación de la posición de sus compañeros, puede dejar habilitado a los delanteros en lo que se llama la Ley de Offside. En la jerga del fútbol esto es “Quedarse enganchado”.

Por ultimo y para no hacer muy extenso este raconto, agregamos los errores de definición. Que son, sin dudas, los errores más comunes que tiene el fútbol. Para un viejo locutor radial, decir “Hizo la más difícil, errarle al arco” puede sintetizar lo que queremos decir.

Quien no erró un penal. Cada vez que nuestra selección juega un partido con definición por penales, lo sufrimos. Pelota quieta, arco gigante. Tirársela a las manos del arquero o tirarla afuera es los mismo. Para nuestra interpretación, errar un penal, es eso…errar.

Pero un penal tiene sus cosas por las que el error puede ser perdonado. El jugador muy cansado, el arquero muy bueno, la cancha barrosa, por ejemplo. Pero que decir cuando un jugador erra tres penales en un solo partido. Se viene en mente la imagen de Martín Palermo pateando el tercero luego de dos fallidos el 4 de julio de 1999, Argentina jugó frente a Colombia, en los cuartos de final de la Copa América.

Ahora si nos ponemos a ver partidos y no vemos como un delantero le erra el cabezazo a un centro perfecto, o como le pega para afuera a una pelota estando solo casi bajo los tres palos del contrario y sin el arquero, nos queremos matar.

Lo más extraordinario que le puede pasar al fútbol son los errores, ya que sin errores no hay goles. Y el fútbol sin goles deja de ser entretenido.

Para demostrarles lo que decimos: ¿No es verdaderamente bello que, a falta de segundos para terminar el partido, con nuestro clásico rival y en su cancha, un jugador de ellos meta un gol en contra que nos dé la victoria?

No todos los errores son producidos por las ganas de producirlos, la mayoría resultan de un solo axioma: Errar es humano

elduendeoscar

Escrito para ser leído el 13 de set de 2017 en el programa 25 de “Al ángulo izquierdo, donde duele” por la 107.9 Ultra.

Imagen: La Nación

PROGRAMA 28 DE «Al ángulo izquierdo donde duele» 4-10-2017

DIFERENCIA ENTRE PORTEÑOS, PLATENSES Y GENTE DEL INTERIOR

¿Qué diferencia hay entre los porteños, la gente del interior y los platenses?
Parecen tres razas distintas de personas, pero puede decirse que viven en la misma provincia o el mismo país.
Unos muy acostumbrados a las grandes masas y los altos edificios, cercanos al puerto o lo que puede decirse a las puertas del país: los porteños. En Capital atiende Dios.
Otros un poco alejados, no tanto. Cercanos en los modelos de pensamientos, de una ciudad con estamentos sociales aristocráticos, con menos personas en cuanto a su volumen poblacional pero queriendo diferenciarse de los primeros: Los platenses. Con sus centros de Justicia Provincial y Facultades de todo tipo.
Por último, aquellos que deben forjar su futuro a través de los estudios de alguna profesión o de los que vienen desde lejos a buscar algún trabajo más redituable. Y que hablan el mismo idioma pero sienten distinto, se expresan distinto y hasta tienen otros valores de convivencia: la gente del interior. Gente del campo, la sierra, del frio que dejan sus querencias por un sueño.
Muchas veces los que opinan son justamente los que vienen de afuera a instalarse en esta ciudad para hacer una carrera académica en alguna de las facultades y su opinión no es de las mejores cuando se habla del platense. Y son más taxativas en cuanto al porteño. Para ellos, el porteño es un agrandado o un engreído y el platense es un creído o un soberbio. ¿Es así?
Mientras tanto los porteños piensan que venir a La Plata es perder el tiempo ya que ellos tienen todo lo que los platenses tienen y que no le interesas una ciudad donde podés perderte en cualquier diagonal. Difícilmente un porteño le haga una visita a un amigo platense y en cambio tal vez el platense viaje a visitarlo.
Es cotidiano escuchar a los platenses apodar a la gente del interior como “paisano”, “campesino”, “chacarero”, a veces de modo simpático y amistoso, pero otras veces suena con cierto dejo de discriminación. Cómo si el otro fuese menos.
Es en las Universidades de nuestra ciudad donde confluyen muchas de las relaciones entre platenses y personas del interior. Allí surgen generalmente grandes amistades que perduran a través del tiempo. Y también nacen otras amistades entre gente de distintos puntos del interior sin que intervengan los platenses.
En cambio el platense no le ha perdido tanto el respeto a los porteños aunque los miran de reojo y con cierta desconfianza. Si bien el platense no cree que el porteño sea un modelo a seguir por aquello de que viven en una ciudad de asfalto y cemento a un ritmo diario infernal y sin tiempo, no lo descalifica o lo desmerece tanto como a la gente del interior.
Las amistades o las relaciones entre porteños y platenses se deben mayoritariamente a la visita de los platenses hacia la capital. No al revés.
¿Vos tenés algún amigo en la Capital? ¿Te tratan con la misma onda que vos lo tratas? ¿O el porteño es un engreído finalmente y espera que vos hagas todos los esfuerzos por mantener la amistad?
Se dice que las personas del interior son más nobles, que tiene un espíritu solidario y resultan ser más dicharracheras, más cercanas al bolazo y al asado que a los bancos y la bolsa.
Se dice que los porteños son capaces de ser indiferentes a los problemas de los demás y les importa muy poco saber de la vida de los otros. Están siempre con un ego muy alto.
A los platenses se los caracteriza como pacatos, ciertamente snobs y de temas poco profundos.
En un mundo donde la cultura de cada pueblo y sus personas debe ser respetada…
¿A vos qué te parece?
¿Estás de acuerdo en estas diferencias o no?

Algunos comentarios…. (todos serán leídos al aire el próximo 4 de oct de 2017)

Neli Efe El platense que a su vez proviene de familias tambien platenses habla mas pausado y utiliza un vocabulario mas rico y culto.No pronuncia con fuerza ninguna consonante ni arrastra las eses.Tampoco utiliza el lunfardo del porteño,No eleva mucho la voz,solo lo suficiente para ser eschchado.Por cierto que me refiero a familias con preparacion universitaria especialmente y su entorno que esta influido por dicho nivel.Los mismos porteños nos dicen que hablamos de esa forma rara para ellos y que nos diferencia del resto del pais.En La plata,asimismo,hay mucha poblacion que viene a estudiar a las universidades con acentos y entonacion mu diversa porque prvienen de todo el pais e incluso de paises limitrofes.

Rocío Suárez Galán Viví en la Patagonia, en Bs As y en capital…y puedo decir que el platense es la peor escoria que hay, super engreídos, soberbios, creídos…flashean que son un christian grey por poco XD…y los chicos no tienen la más puta idea de como interactuar con una chica

Neli Efe Ninguna persona es escoria y menos si no ha cometido delitos y mucho menos discriminada por su ciudad o region de procedencia,Evidentemente estas hablando con resentimiento y eso es muy malo.Mala gente hay en todo el mundo y mi comentario esta referido a particularidades del habla y no a la calidad de persona,Te falta comprension lectura,


TRABAJO DE LA PRODUCCIÓN DEL PROGRAMA RADIAL “DESPERTANDO DIAGONALES” MARZO DE 2014 retomado para ser emitido en un nuevo formato el programa “Al ángulo izquierdo donde duele” del 4 de octubre de 2017 de 21 a 23 hs por la FM 107.9 Ultra o por internet http://www.ultra107.9.com.ar

elduendeoscar

La imagen es del genial dibujante argentino Quino.

La Cajita del Tiempo

La cajita del tiempo

«Todo aquello que hemos querido tiene un cielo en el pecho» elduendebobó

Charlando sobre los afectos con unos mexicanos que conocí en Jalisco, uno de ellos me contó una tribal teoría cuyo origen aún desconozco. Se dice, me explicaba, que aquellas personas que amaste, junto a las cosas que has querido y los recuerdos de momentos emocionantes, nunca se alejan del corazón. Y que flotan girando a su alrededor para ser abrazados por la memoria en los días difíciles que muchas veces se ponen en nuestro camino.  Así, con ellos rondando, no se necesitan ángeles protectores ni dioses en los que confiar. Para esta teoría es suficiente con haber cosechado en el pasado algo que sea eternamente íntimo y valioso pero no material, para enfrentar a cualquier soledad y cualquier destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escuché atentamente con asombro a aquel desconocido que hablaba con la simpleza de un maestro de primer grado y la certeza de un juez honesto. Y los ejemplos que daba sobre los elementos que flotaban alrededor de su corazón me resultaron entre románticos y entrañables. Su madre, su hijo, los juegos de su infancia, un juguete, un paisaje, un amor, un aroma, y otros.

Traté de producir mi propia versión imaginando que el pecho es una caja, una bóveda a la que llamo “Cajita del Tiempo”. No tiene una exacta forma cuadrada, cúbica o rectangular, pero es capaz de contener un montón de imágenes, sensaciones, vivencias y recuerdos tan grande, que muchas veces me asusto de haber vivido tanto. Eso sí, cotidianamente oreo ese contenido ya que fundamentalmente son la esencia de mi existencia. Y al oxigenarlos respiran frescos en una eternidad infinita.

Para abrir la “Cajita del Tiempo” no necesito estar triste, ni melancólico ni miedoso por cualquier instancia que deba afrontar o por lo que va a pasarme prontamente. Se abre espontáneamente, con solo sentirme despierto y agradecido. Y en ese momento tan especial de todos los días es cuando todo el pasado o sus mejores partes me construyen como el individuo que soy y que transita el mundo. En esa tan preciada, para mí, Cajita del Tiempo, están las risas de muchas alegrías y los llantos de algunas tristezas. Será por eso que rió tanto y que también puedo llorar sensiblemente.

Creo que cada uno tiene su Cajita del Tiempo. Y les dejo la idea de revisarla cada tanto. Ahora mismo voy a dejar de tentarlos. Porque me siento atraído de contarles algunas de las cosas que guardo en la mía.

Escenas y palabras de quien fuera mi primer cuentacuentos y el vuelo que me produjeron sus visiones, las aventuras que sentí vivir cuando lo escuchaba y las ganas de que llegara un nuevo encuentro.

Olores y aromas de aquellos amores que inundaron mis pensamientos de pasiones y fantasías.  Caricias y mimos que aunque no se vuelvan a repetir le dan brillo a mis días.

Besos de varias formas, de diversas intensidades y en distintas partes del cuerpo y de diferentes momentos de mi vida.

Las miradas de mis hijos al nacer y la textura de su piel.

Lecturas de aquel libro que me abrió las puertas de la cabeza de otros tantos creadores literarios y que me enseño que hay soledades que visitar.

Dibujos y pinturas de gente a la que no conocí pero que me hicieron conocer el mundo, las razas, las clases, los pueblos…

El pastel de papas de mamá, las sopas con pan de la abuela, la mortadela, el dulce de leche repostero, el chocolate, el café con crema, los asados…

El olor a pino serruchado en las tardes de lluvia y la llegada a mis narices del aroma a ozono cuando está por llover…

Los amaneceres frente al mar y los atardeceres de campo.

Los consejos de esas sabías personas adultas que me avisaron de atajos y caminos secretos para llegar a ser feliz.

Las reuniones jugando a la lotería, al truco, al ajedrez, a la canasta…

Los partidos de pelota en la vereda, en la calle, en los baldíos, en el parque…

La música de tantos géneros, de canciones tan profundas…

Los amigos, los buenos vecinos, los buenos compañeros, las maestras, los profesores, los colegas…

La bicicleta sin frenos, el carrito a rulemanes, la calesita, el yoyo, las bolitas y la pelota de trapo…

Frases como “Que sueñes con los angelitos”, “A seguro se lo llevaron preso”, “Dios le da pan al que no tiene dientes” y “Lo esencial es invisible a los ojos” entre muchas…

La primera vez, la vez más intensa y la última vez.

El sabor de los alcoholes que inundaron las charlas.

La presunción de una buena noche y el silencio desértico de otras.

Las yapas del almacenero, las propinas de los satisfechos y los abrazos en las derrotas.

Anécdotas de inocencia y de ignorante.

Travesuras de vago o de compinche. Paisajes de viajero.

Sonrisas de aquellos que no están y lágrimas de distintas sales.

No puedo en este ratito abrir mi Cajita de Tiempo por completo porque no se trata de apurarse por nombrar todo lo que guardo.

Tal vez, estés vos y no lo dije. Pero no creas que pude olvidarte.

Seguramente estás, como todas aquellas cosas que me han sorprendido y me han ayudado a vivir.

elduendeoscar

Escrito para ser leído en el programa 21 de “Al ángulo izquierdo, donde duele” el 8 de agosto de 2017 por la ultra1079.com.ar

Imagen: Pinerets.com

«Al ángulo izquierdo, donde duele» Programa 23 La Ostentación

«Al ángulo izquierdo, donde duele»

Programa radial cultural de «La Casa de Oscar»

Miércoles de 21 a 23hs por la FM 107.9 o ultra1079.com.ar

Programa 23: La Ostentación (30-8-2017)

¿Es necesario mostrar todolo que tenés?

¿Te excita saber que el otro no puede tener lo que vos sí?

¿Presumís que sos lindo o linda y salís a contarlo?

¿Conocés alguna persona vanidosa o nadie te supera?

¿El mundo es de quien dice que la tiene más grande?

¿Soportarías una amistad con un soberbio presumido ostentoso?

¿Qué es mejor que bañarse en leche o en champagne?

¿Si pudieras ostentar algo por un día, que ostentarías?

 

 

 

 

EN NOMBRE DE TODOS:

EL ABURRIDO VÍCTOR

El aburrido Víctor

“Llegará el día en que el capitalismo venda sonrisas impresas en 3D para pegarse sobre la boca” elduendevenenoso

Su inteligencia era insuperable por cualquiera de todos los integrantes de su familia. No solo de su núcleo familiar, si no, de todas las generaciones de personas con su propia sangre. Es más, podría decirse que superaba con holgura a todos los de su clase y a los alumnos de los grados ascendentes, durante todo el ciclo escolar transcurrido. Estoy hablando de Víctor, un niño que nació sabio y que no puede encontrarle solución a un solo problema existencial: el aburrimiento.

Veía aburrido como los niños de su escuela, sus compañeros de aula, jugaban alegremente en los recreos y se aburría terriblemente con las lecciones insípidas de las maestras. Muchas veces llegaba al hartazgo con las conversaciones entabladas con sus limitados padres, quienes decidieron acudir a algún especialista para que los ayude. Les asombraba ver a un niño que luego de almorzar se encerrara en la biblioteca y se la pasara leyendo toda la tarde en silencio, sin televisión, sin celular y sin computadora. Esos padres llegaron a pensar que estaban gestando a un extraño monstruo.

Víctor era absolutamente respetuoso. Incluso a sus diez años percibió que a los que no estaban a su altura intelectual, debía tratarlos con cuidado de no ofender. En la etapa más cínica que tiene la niñez, Víctor, dominaba sus emociones mejor que cualquier adulto. Había descubierto que el odio no podía dejarlo en un lugar mejor que si usaba inteligentemente la tolerancia. Dicen que el amor vence al odio.

Frente a un psicólogo, Víctor se mostraba tal cual era y en cada explicación que daba sobre la realidad de su entorno el especialista no encontraba escollo para actuar. Víctor tenía una convicción tan poderosa sobre sus opiniones que solo un muy buen argumento en contra, podía retrotraerlo. Pero era imposible. Su discurso empezaba igualmente a molestar cuando le explicaba a la directora de su escuela que no quería ascender en grados simplemente por ser más inteligente. Eso es meritocracia respondía y “… yo quiero crecer junto a los de mi generación”, justificaba.  Tampoco le interesaba formar parte de un grupo de reflexión con adultos ni de integrar un equipo de investigadores. Le parecía un privilegio que no le traería buenas perspectivas, ya que veía en los adultos, posiciones muy firmes y sin soporte argumental.  Víctor quería entender qué festejaban las personas. Ese era su tópico, su preocupación más elevada. Era un niño capaz de deslumbrar con sus teorías, pero jamás sonreía. Y sin tapujos y esperando desmentidas, daba la siguiente explicación:

No entiendo qué se festeja y me parecen absolutamente contradictorias las respuestas que me dan los adultos… El proceso de vivir empieza en el nacer y se sabe que no existe la eternidad humana, que todos somos mortales. Se festeja el haber nacido como algo milagroso y no se festeja el haber vivido. Miren nomás los velorios. Gente entristeciéndose por lo que ya sabían que iba a pasar. El ser humano festeja cumplir años o sea ir envejeciendo, algo que imparablemente lo va degradando. Contradictoriamente a la idea de festejar el hoy, el ahora, se festeja la acumulación de la edad. Los casamientos se festejan. Que dos personas se hayan encontrado y cumplan con todos los requisitos sociales necesarios para hacerlo, se festeja. ¿Qué se festeja? A veces tan ampulosamente, ¿La burocracia? Cuando ese matrimonio decide separarse no se festeja y tal vez ambas personas hayan tomado la decisión más perfecta de todas a sus problemas de pareja. Eso no se festeja.

Se festeja que a un niño traumatizado por la pérdida, se le caiga un diente con un cuentito en el que un ratón pagará por esa pieza, y se festeja en Navidad que un tipo desconocido entre a tu casa a dejar regalos mientras vos dormís. Se festeja que tres tipos lleguen hasta tu casa en camello luego de un largo camino desde oriente medio y dejen sobre los zapatos regalos exigidos a cambio del buen comportamiento. ¿Nadie se pregunta de dónde salen tantos regalos? ¿Y gratis?

Se festeja el aniversario de todo, de los negocios, de las parejas, de las muertes, de los viajes. De todas cosas que ya pasaron y que solo forman el imaginario del pasado y qué esas cosas y emociones no van a volver a pasar.  No se festeja despertarse y si se festeja un aumento de sueldo, que trae más compromiso horarios y responsabilidad laboral.

Los adultos se emborrachan si pueden en cualquier festejo, sea en un bautismo, sea en un cumpleaños, en un homenaje. No les importa perder la cabeza y lo más trascendente de esos festejos es emborracharse. Mostrarse ridículo al hablar y al realizar cualquier acción. ¿Qué se festeja? ¿Alcoholizarse? ¿La barra libre, el tequilazo, la cerveza tirada sin límite? Hay gente que festeja drogarse porque no puede festejar en todo caso,  un mundo en paz y armonía.

Hay gente se junta para festejar disparates, al tomate, al alcaucil, al ternero que matan, hasta se inventó la Fiesta del Salame Quintero. Me parece demasiado, pero finalmente y lo que más me cuesta entender -prosiguió Víctor y para terminar-,…es que hay gente que festeja tener odio y es capaz de pelearse con sus amigos del alma, con sus parientes, con sus vecinos simplemente por una posición política.

No puedo estar feliz si veo que dos elefantes buscan juntos el agua para salvar la manada y dos humanos pujan por un poco de poder para aventajar al otro.

elduendeoscar

Escrito para ser leído en el programa 16 de “Al ángulo izquierdo, donde duele”  bajo la consigna “El festejo” por http://ultra1079.com.ar/  el 5-7-2017

Imagen: Batpedia (modificada)

EL MISMO PENSAMIENTO

EL MISMO PENSAMIENTO

 “Haber vivido una vida distinta no nos impide pensar lo mismo sobre algunas cuestiones personales” elduendeácido

 Antes de dar una vuelta entera caminando lentamente por alrededor del parque todos los días a la misma hora, se lo ve pasar a Don Hipólito rumbo a la iglesia de su barrio. A las 17 hs va a orar y luego hace la caminata que termina en su casa a eso de las 20 hs. Esa es su rutina de lunes a sábados, ya que los domingos juega a las bochas en otro parque de la misma ciudad.

Dicen sus vecinos que no le interesa conversar con nadie, que eligió la soledad una vez que enviudó hace como cuatro años. En su etapa activa de su vida laboral, fue maestro mayor de obra y su casa la hizo entera, desde las bases hasta los techos, desde las paredes hasta los pisos.

Su matrimonio duró exactamente 43 años y por más que lo intentaron, no tuvieron hijos. Su mujer tuvo una larga agonía por una enfermedad de las que no se curan, y que a uno lo va desmejorando de a poco. A pesar de no llegar a los 65 años y tener un buen aspecto físico, este hombre decidió quedarse solo para siempre. Sus pocos amigos de los domingos, se cansan de invitarlo siempre a alguna peña, a alguna milonga o algún asadito donde encontrarse con otra gente, tal vez, hasta con una nueva compañera. Pero el siempre se niega. Y sus días pasan así, según como ha elegido que pasen. En el barrio lo tienen como a una persona de buen humor pero de poca charla.

Muy distinta es la vida de Don Capristo, vecino del mismo barrio. Tiene la misma edad, pero se casó cinco veces. Enviudó cuatro y con la última mantiene una relación cercana que podría tipificarse como de “cama a fuera”.  Con todas sus mujeres ha tenido hijos y si no tuvo más es porque la naturaleza se lo impidió. La naturaleza de ellas, de sus mujeres, ya que este hombre tiene hijos que van de los 48 años al último que tiene apenas  dos años. Suele errarle al nombrarlos, pero a todos los quiere por igual. Dejó de ir a la iglesia cuando le dijeron que no podían casarlo con su actual pareja, cuando todavía estaba viva su anteúltima esposa. Capristo fue comerciante iniciado en la venta de artículos varios a los pasajeros de los viejos trenes y colectivos. Luego fue feriante, vendedor callejero y llegó a tener un pequeño supermercado. Según sus palabras este es un país que le enseño a ser ingenioso y haber aprendido cuándo comprar, cuándo vender, qué y cuanto comprar y qué precio o valor tienen las cosas. Gracias a los contactos y a su amplia experiencia, hoy vive del modo comercial llamado pasamano. Compra y vende por teléfono. Se queda con una comisión pequeña pero con eso, seguramente llegará mejor que con su próxima jubilación al final de sus días. A ninguno de sus hijos le faltó el techo y el plato de comida. Y a ninguna de sus mujeres el sexo. Las mujeres que son patronas o empleadas de los comercios de la zona ya lo conocen y si hubiera que destacar una opinión generalizada de este hombre en la voz de todas ellas, podría decirse que Don Capristo es un “Lancero” que siempre deja picando algún piropo con la excusa de que “por las dudas hay tener una velita encendida”.

Don Hipólito y Don Capristo se conocen y se saludan cuando se cruzan. Son como dos paisanos en un pueblo chico. Buenos días, buenos días. Lindo día, parece que se viene la lluvia o ¡Mamita qué frio! Pero no mucho más. Son vecinos no próximos, pero vecinos y nunca tuvieron una conversación algo profunda. En lo que más se parecen es que a ninguno le importa la vida que lleva el otro. Y hasta podría decirse que ninguno de ellos sabe qué vida ha llevado el otro.

Una tarde se encontraron en la panadería. A Don Hipólito le gustaban los bizcochitos con grasa que se hacían allí y a Don Capristo le gustaba la morocha que atendía, pero como excusa, compraba el pan nuestro de cada día. Ese encuentro dejó algunas frases que hablaba de sus vidas diferentes, pero que nadie fue capaz de refutar.

-¡El pan más rico de la cuadra se hace en esta panadería!¿No es cierto vecino?  Dijo Capristo en voz alta, tratando de sacarle una palabra…

-Si bien el pan no es malo… ¡Yo vengo por los bizcochitos! Dijo Hipólito.

-Lo envidio sanamente, le respondió Don Capristo, yo tengo que cuidarme por el colesterol.

-Le confieso que es mi único vicio, agregó Hipólito y aclaró, por sobre todo luego de enviudar.

-Que hombre humilde que había resultado, continuó Capristo y acercándose con voz baja le dijo “Si yo le cuento mis vicios lo dejo con la boca tan abierta que no se come ni los bizcochitos”.

-No hace falta amigo. Para mí los vicios son como un pañuelo lleno de moco y prefiero no resfriarme. Afirmó Don Hipólito.

-De algo hay que morirse Don, no vamos a quedar ni en el recuerdo. Respondió Capristo.

-Yo prefiero una vejez tranquila donde nadie me moleste. Espero no ofenderlo. Replicó Don Hipólito.

-Lo entiendo. Por cómo he sido, yo jamás tendré tranquilidad, pero le digo, que estar entretenido es ser feliz. Sentenció Don Capristo.

-¡¡Cada uno encuentra su corneta y la toca como quiere!! Aseveró Don Hipólito, mientras pagaba por sus bizcochitos. Y se fue dejando en el aire un silencio que se llenó de preguntas.

Mientras caminaba a paso lento, Don Hipólito con sus bizcochitos en la mano, pensó exactamente lo mismo que Don Capristo, que se quedó mirando cómo se alejaba: ¡Pobre hombre!

 elduendeoscar

Relato escrito para ser leído en el programa 15 de “Al ángulo izquierdo, donde duele” el 28 de junio de 2017 por la http://ultra1079.com.ar/

Imagen: https://www.etsy.com/es/market/antiguo_perro_pintura

El INVITADO QUE NO VA A VENIR

El INVITADO QUE NO VA A VENIR

“Lleva un frasco de veneno con cuidado, ya que si se cae y se rompe, el veneno se desparramara y no será simple limpiarlo” elduendevenenoso

La otra noche se juntaron las chicas en un bar a tomar unas cervezas y contarse la vida, Clara, Jorgelina, Mariana y Laura. Las cuatro están en pareja y fueron compañeras de la Escuela Secundaria del Colegio Normal hace 17 años. Todas cumplen este años los 30, los famosos 30. Suele decirse que es la edad de la crisis femenina. Desde nuestros antepasados se suponía que si a los treinta no te casaste, sonaste, sos la soltera de la familia. La solterona. Pero los tiempos han cambiado tanto…                                                       Cada una contaba cómo quería festejar y tiraba al aire una lista de invitados íntimos, que iban desde los familiares a viejos compañeros de escuela. Qué música les gustaría que suene esa noche, cómo irían vestidas y otros temas. Analizaron los costos de cada fiesta en estas épocas en que sacar un billete de la cartera es como perder una lagrima. Clara, deslizó una idea que enseguida fue tomada como genial por el grupo. Ella propuso que aunque los cumpleaños son en distintos meses, buscar una fecha y festejar juntas. Se pusieron de acuerdo, ya que muchos son amigos en común y prácticamente las cuatros conocen a las familias de las demás. Eligieron una fecha luego de qué todas hayan cumplido, ya que por superstición acordada no se festeja de antemano. Cada una se llevó la idea para irla pensando y elaborar el listado de invitados. Volvieron a encontrarse dos semanas después en el mismo lugar. De a poco fueron nombrando a quienes invitarían. Y como entre ellas había varios amigos en común el listado se achicó bastante. Pasaron todo a un papel en limpio y Mariana destacó un par de coincidencias. “¡Che –les dijo riéndose- tres de ustedes invitan a la profe de Historia del último año! No sé… a mi no me cayó tan bien la vieja. Me aplazó porque le dije que Napoleón era Genovés!  Boluda le dijo Laura, era fanática de la Revolución Francesa y vos confundiste la nacionalidad de Napoleón con la de Colón!!! Jajaja. Todas rieron al unísono. Finalmente acordaron que más allá de aquella desaprobación había sido una mujer confidente y consejera. Y que por lejos. Había sido la mejor de todas, incluso que la de Educación Física, que era joven pero era un sorete de persona.                                                                                                                                  Mariana siguió explorando las coincidencias y dijo en un tono irónico: Chicas veo que todas invitamos a Marcelo, el chico que cursaba en el otro quinto y es al único de ese curso que invitamos…qué onda?. Bueno dijo Clara, yo tuve una historia con él. Un touch and go. Me estás jodiendo dijo Mariana, yo también. Naaaa dijo Laura, yo también bolu!. Jorgelina se mantuvo callada. Mientras Clara, Mariana y Laura contaban sorprendidas entre risas pícaras y gestos de asombro, los cuándo y los cómo, destacando lo bueno que estaba el flaco, Jorgelina hacia fondo blanco el balón de cerveza como queriendo tragar veneno. Ellas no podían creer la coincidencia. Jorgelina las miraba con cierto desagrado. Hasta que las interrumpió, y un poco angustiada dijo: -Perdón, Marcelo fue mi novio por un año y veo que todas se lo voltearon, ¡Qué sorpresa!… Fue como una bomba de hidrógeno. Parecía por un instante que toda señal de vida se había perdido. Ninguna sabía dónde esconderse. El silencio duró una eternidad, hasta que la misma Jorgelina reabrió la charla: “No fue una gran historia, no se preocupen, pero ahora que sé que se revolcó con todas no quisiera invitarlo”. Y por un boludo como él, tampoco quisiera perder nuestra amistad. Discúlpame, -dijo Clara sentidamente- yo no sabía nada de tu relación con Marcelo. Viste que hubo un tiempo largo sin vernos. Lo mismo dijeron Mariana y Laura.  Intentaron descular si las relaciones fueron en un mismo tiempo, o sea si cuando Jorgelina era novia, el flaco se dio el permiso de historias paralelas con sus amigas. Al menos con las presentes no. Eso quedó claro. La conversación continuo profundizándose pero sin que hubiera culpables o víctimas.                                                                                                            Eso sí, Jorgelina, al llegar a su casa, buscó las fotos que guardaba de aquel amor. Y una por una las despedazó y las prendió fuego. Total le dijo, como si estuviera presente, ya no vas a estar invitado a ningún festejo mío…

          elduendeoscar

Texto leído en el programa 4  de “Al ángulo izquiedo, donde duele” por la locutora Marguy Ibarra el 5-4-2017 por http://ultra1079.com.ar/

imagen: SOLTEREANDO – WordPress.com 

RESACA

RESACA

«La oportunidad es como una buena comida, se debe aprovechar sin desperdicios hasta dejarnos satisfechos» elduendebobó

Desde el preciso momento en que Mario se dio cuenta de que no tendría una nueva oportunidad, siempre se pregunto qué habría pasado…

Era un día como el de hoy, raro. El cielo se la pasaba mostrando momentos de sol y bandadas de nubes. Alguna más grises que otras. Parecía un preludio de lluvia en cualquier momento. Por la ventana que da al fondo donde tenía su pequeña huerta podía verse como se oscurecía y se aclaraba el color verde de las plantas de tomate en flor. Y también del Palo Borracho, del Ficus, y de la enredadera…

Era una tarde especial para mates, para estar con compañía, para compartir una charla. Lejos del mundanal ruido y de vecinos de edificios.

El día anterior había sido uno de los más complicados. Los trámites para habilitar un proyecto no se terminaban nunca. Además, un fuerte golpe en un dedo culpa de un clavo que no quiso entrar fácil. Y como si esto fuera poco, una discusión que tiene ribetes históricos con su madre y que no los pondrá nunca de acuerdo. Todo ese entuerto lo dejaron al final del día con tanta incertidumbre que la Teoría del Caos era un chiste. Y sin embargo y por obra del azar, Mario conoció a una extranjera, una española que se llamaba Conchita y que ya culminaba su estadía y estaba a punto de volverse a su patria luego de seis meses de estudios.

Cuando se la presentaron unos amigos, ninguno le dijo cómo se llamaba. Quedó sin saber cómo ocultar la risa de vago ni bien ella se lo contó.  Interesado en volver a verla, le propuso al grupo venirse para la quinta a compartir la tarde del día siguiente. Los cuatro, sus tres amigos y Conchita aceptaron a gusto. Y se llevó del último instante de la despedida una mirada de esa morocha que lo dejó titilando. Pero lo mejor estaba por pasar. Ni bien llegó a su casa, llamó a su amigo José que se la había presentado y le hizo un par de preguntas sobre ella. La primera y directa ¿La flaca tiene onda con alguno de ustedes? Y la respuesta fue: “Yo tengo mi pareja y estoy muy bien con la loca. Lo que no puedo entender es a los chicos, sabes que hace seis meses que está acá y nadie le tiró onda, son unos pajeros”. Inmediatamente se les ocurrió un plan. Al otro día, Mario pasaría por Conchita y se mandarían solos para la quinta. Los amigos se borrarían aduciendo ser invitados a un partido de fútbol cinco. Y entonces pusieron manos a la obra. La primera que no tuvo inconvenientes fue Conchita, a ella le encantaba la idea de conocer el afuera de la ciudad. Y le pidió a sus amigos que le dieran su número de celular a Mario, para concertar horarios. Cuando Mario se enteró que todo estaba organizado de acuerdo a sus intereses, estaba más contento que payaso cuando le pagan.  Prefestejando el gentil acontecimiento que sucedería en unas horas, Mario se puso a beber unas cervezas artesanales mientras escuchaba música y jugaba con la Play.  Y se acostó tardísimo. Se despertó con una  resaca que parecían dos. Eso de beber con el estómago vacío….Se preocupó por dos cosas a la mañana de ese día. Limpiar un poco la pequeña casa donde está la huerta -ya que a simple vista parecía un campo de batalla de pendejos solteros-, cambiar las toallas –que tenían olor a pasado…a pasado por huevo podrido- y llenar la heladera con algún copete para amenizar. Un vino, tres cervezas, un ferné… Luego de todo ese movimiento, el lugar resultaba “formalmente” ameno y limpio. El dolor de cabeza no había cedido y sentía que en cualquier momento se le explotaba. En buena hora decidió clavarse dos ibuprofenos y echarse a dormir un rato. 

Habían acordado que Mario la pasaba a buscar tipo dos de la tarde. Ella, lo esperaba paradita en la esquina del departamento que alquilaba. Estaba vestida con una pollera blanca acampanada como aquella que hizo famosa a Marilyn posando sobre una alcantarilla. Zapatillas, aros grandes, pelo suelto y un top negro que cubría sus senos sin corpiño de modo ajustado. Y un detalle de color, envolviendo su cuello un pañuelo rojo, como la muleta de los toreros, esa manta que hace que el toro se enfurezca.

A la hora de haber estado esperando, Conchita llamó a otro de los amigos, que no eran de ese grupo, que inmediatamente pasó a buscarla.

Mario se despertó como las cinco de la tarde sintiendo que salía dificultosamente de las marañas del pulpo de Morfeo, el Dios de los sueños de la Mitología Griega. Cuando se dio cuenta de la hora, se quiso matar.

Conchita, viajaba a España al otro día.

Y como decía en el inicio de este relato, Mario cuando se dio cuenta de que no tendría una nueva oportunidad, siempre se pregunto qué habría pasado…

elduendeoscar

Escrito para el programa 3 de “Al ángulo izquierdo, donde duele” leído por la Locutora Marisa Waters el 29-3-2017 por http://ultra1079.com.ar/