Crónicas del viaje de un loco…(37) Día 8 de la Travesía…Lo desconocido…

Crónicas del viaje de un loco…(37)

Día 8 de la Travesía…Lo desconocido…

Casi llegando, empezó a llover, y la ventaja de haber estado en ese lugar, es haber elegido de antemano donde estacionarme para pasar la noche. A unos doscientos metros del tranquilo mar, casi a unos 30 metros de la línea de medanos. Como ya dije, la arena es muy firme y no existe la posibilidad de “Encallar”.

Lo que podía verse sobre la playa lo permitía una línea entre roja y naranja en el horizonte marino que aparecía debajo de otra línea recta de nubes muy oscuras. Sin dudas era un incendio, no tuve la chance de preguntarlo en ese momento.

Nunca vi un atardecer/anochecer igual. Ni siquiera en los incendios de El Palmar en los años 80’ donde permanecí una semana luchando contra los fuegos como voluntario.

Y empezó a llover con gruesas gotas, que pegaban en el techo del Hotelito Viajero como para abatatarme. Se empezaron a ver rayos cayendo al mar por decenas. Un espectáculo que me tuvo en primera fila sin que nada ni nadie se interponga.

Dentro de la Kangumovil me preparé la cena y fui disfrutando de un evento natural, para mí, desconocido.

Una de las cosas más importantes que me han pasado en la vida, a nivel de aprendizaje, es dejarme sorprender. Permitírmelo. Dejarme llevar. Estaba en medio de una noche de esas. Exactamente frente a lo desconocido. Qué bueno es saber que algo puede sorprendernos.

Suele pasarnos que lo desconocido nos paraliza. Es como sí no nos animáramos a descubrirlo, a explorarlo. Inmediatamente construimos fronteras, miedos y prejuicios.

Mientras la tormenta eléctrica no dejaba de caer en el océano, trataba de buscar en mi memoria, alguna escena que me recordara una semejanza a este evento en una playa. Y recordé una marejada ocurrida en el 1983. Estábamos en la casa de un amigo llamado Leo Giavannini, en Aguas Verdes (35), mi gran amigo y compañero de ruta Marcelo “Pata” Briguez y yo. Quisimos hacerle una visita de cortesía, ya que nos quedaba de paso en nuestro viaje hacía Villa Gesell. Habíamos decidido solo pasar a visitarlo por una tarde y nos quedamos tres días.

Fue la segunda noche de nuestra estadía donde una tormenta de lluvias y vientos empezaron a soplar fuerte. La casa donde nos alojábamos estaba frente al mar a unos doscientos metros de la orilla, en un área elevada. Claro que cuando la marea empezó crecer y el agua empezó a acercarse voluminosamente, empezamos a preocuparnos. Los vientos eran cada vez más fuertes y la noche empezaba a teñir de oscuro cuanto brillaba. Tras cartón se cortó la luz y no teníamos velas. Las ruedas de mi camioneta de entonces (Daihatsu s60l vr 55 Wide Cab Van, mi primer hotelito viajero de los 80′) empezaban a ser tocadas por el oleaje. Cuando el agua estaba llegando a la vereda, nuestro anfitrión nos confesó, que nunca había crecido tanto. Podían verse las olas elevándose a unos cuatro o cinco metros cuando algún rayo las iluminaba.

El agua siguió creciendo hasta tocar el umbral de la puerta de ingreso a la casa. El viento empujaba tanto que pensamos que volaría el techo. Ninguno de nosotros era creyente, por lo que rezar era mentirnos. Puede decirse qué, estábamos jugados.

La tormenta duró unas 10 horas. Y recién pudimos dormirnos muy entrada la madrugada. Al mediodía, salimos a dar un paseo y juntamos unas cien caparazones de caracoles de unos 20 centímetros de longitud desparramados e. Cuanta inmensidad y poder tiene la naturaleza.

Igualmente, éste es un evento distinto.

Una de las cosas que debo destacar de este viaje es que surja y me conmueva lo desconocido. Y esta noche le agrega la cuarta perla al collar que vengo juntando en esta travesía.

Las primeras tres horas desde que llegué no dejé de mirar este dantesco espectáculo. Hasta que me dormí, creo a medianoche.

El cielo seguía como dirían mis abuelos “encapotado”…

La seguimos…

(35) Aguas Verdes es un pueblo de la costa Atlántica Argentina hoy accesible a través de la RP11. En aquel entonces era muy agreste y de gran playa, pero sin balnearios, ni hoteles. Tenía un gran bosque de pinos y de helechos. 

Imágenes: Todas propias…

Acerca de elduendeoscar

Curioso ladrón de palabras en desuso, especialista en rompecabezas con letras y reciclador de lo inhóspito. Todo lo hago para entretenerme mientras voy muriendo. Mentiroso narrador de lo que existe como evidencia y testaferro de la verdad absoluta de las miserias.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s