UN DÍA DE REYES (PRIMERA PARTE)

UN DÍA DE REYES (PRIMERA PARTE)

Cuando niño me asombraban las historias. Era de escuchar a Don Santiago el chatarrero, a Don Juan el trapero, a Don Ulises, el sereno de la fábrica de lavandina, a Don Antonio el del palomar, y a muchos otros. Escuchaba las conversaciones entre adultos, aunque no los entendiera. Mis propios padres, delante nuestro, hablaban entre ellos en jeringoso, para que no entendamos sus conversaciones. Junto con mis hermanos jugábamos a imitarlos, pero sin saber de qué se trataba. Suponíamos que era un idioma de un país extraño. Y tanto lo escuché, que finalmente terminé descifrando cada palabra, cada frase, y para no dejar de escuchar de lo que hablaban, me hacía el tonto. Tanto profundice ese talento de escuchar, que hoy leo conversaciones a voz baja a diez metros perfectamente.

Cuando me contaban un cuento o un relato, mis orejas no escuchaban otra cosa y mis fantasías sobre lo que decían esas historias las visibilizaba mentalmente de una forma tan real, que muchas veces las creí verdaderas, aunque solo eran ficciones para entretenerme, hacerme reír o explicarme algo con moralina final.

Había cumplido los siete años cundo me entero de la existencia de los Reyes Magos. Caramba me digo hoy, que terrible combinación: Rey y Mago. Lo primero que supuse por aquellos tiempos, era que había un Mago Rey, o sea el mejor de todos los magos, con los trucos más fuertes de todos, los más poderosos actos de magia posibles por entonces. Desaparecer monedas, personas, castillos, aviones, y otras cosas, se me ocurrió. Pero al hablarlo en la escuela, un compañero llamado Pomarez, me dijo que no era un Mago, sino tres. O sea, tres Reyes Magos. Y me costó entender un podio con tres de los mejores en una misma escala. Pensé que cada uno de estos magos haría trucos distintos, como si cada uno tuviera una especialidad. Y traté esforzadamente de establecer tres ramas de la magia que pudiera tenerlos a los tres en la cima de la magia. Entonces, uno era el Rey de las desapariciones, el otro era el Rey de las Adivinanzas con ojos vendados, lo que hoy es un mentalista y el otro, un transformador, o sea alguien que convierte a una persona en sapo, por ejemplo. Estaba casi convencido y lo contaba de esa manera, hasta que otro compañero, llamado Peréz, me refutó explicándome que eran Tres Reyes Magos y que no hacían actos de magia, sino que traían regalos para todos los chicos que se portaban bien. Que pasaban una vez por año, el seis de enero, y que no solo había que portarse bien, sino que había que dejar los zapatos fuera de tu casa junto a un poco de pasto y algo de agua, ya que vendrían desde lejos y estarían con hambre y sedientos, ellos y sus tres camellos. Dos cosas me asombraron. La primera es que regalaban juguetes, la segunda es que vinieran en camellos, un animal que solo había visto en dibujitos de un libro. Pregunté si alguien los había visto o si había fotos, pero nadie pudo ofrecerme un testimonio de ese tipo. Les pregunté a mis padres, que con su respuesta agregaron más misterio al asunto, ya que, por sus referencias, los Reyes Magos vienen de noche, mientras los niños duermen, para que los infantes no protesten por el regalo que les toca y para no quedarse hablando con ellos perdiendo un precioso tiempo en su largo recorrido. Lo mas abrumador que sentí, fue que, si venían una vez por año y ellos decidían que regalarme, estaría en un problema si me regalaban una muñeca. Por lo que resolví que junto a mis zapatos le pondría un cartel que diga “Soy un niño al que le gustan las pelotas”.

Mi casa era de materiales endebles. Mi propio padre, una noche enojado con mi madre, atravesó una pared con una trompada sin lastimarse. Lo más seguro de ella, era que dentro no teníamos valores para ser robados y eso la hacía inmune a los ladrones. Teníamos en el fondo un pequeño patio visible a través de una gran ventana. No tenía ningún tipo de persiana, solo un vidrio separaba ese patio de la piecita donde dormíamos los tres, mis hermanitos y yo. El tema de la existencia de los Reyes Magos se había convertido en una especie de misteriosa obsesión a descubrir. Y verdaderamente deseaba espiar su llegada. Fui planeando donde poner los zapatos, como acercarme a la ventana. Todo saldría a la perfección en plena oscuridad, ya que ella, no me producía ningún miedo. Dos noches antes, me dormí acalorado luego de una tarde de verano de alta temperatura y de haber estado toda la tarde en La Salada, donde había jugado a la paleta y a nadar, que tanto me gustaba. Caí pesadamente en sueño profundo como si un hipnotizador hubiera chasqueado sus dedos frente a mis ojos. En medio de la noche, una luz difusa ingresaba por aquella ventana. Sentí una conversación inentendible, una especie de cuchicheo que venía desde el patio. Con cautela, pero profundamente dormido, me levanté y me encaminé hacia la ventana, esquivando la cama de mis hermanos, los zapatos tirados y la pelela. Al llegar a la pared de la ventana, sentí que mi corazón aumentaba sus latidos y parecía que iba a salirse por mi boca. Trate de equilibrar la emoción que me producía estar a punto de descubrir algo secreto para muchos niños. Permanecí paradito con mi espalda apoyada en aquella pared y en calzoncillos, respirando profundamente y tratando de encontrar en momento justo para asomarme por la ventana para ver esa misteriosa escena. La luz que entraba por la ventana iluminaba todo el pequeño cuarto. Eso nunca había pasado. La luz venía de la Luna o de alguna estrella. No era un farol ni una linterna. Igualmente, no podían distinguirse con gran precisión los colores.

Cuando uno se encuentra en esta situación, el tiempo se confunde en una dimensión tan abstracta que no se sabe si existe.

Tomé la decisión final, me dije…es ahora o nunca. Y asomé mi cabecita para mirar para afuera. Al mismo tiempo y en perfecto reflejo la sombra de una persona mucho mas alta que yo enfrentó abruptamente mi mirada diciendo en voz alta ¡¿Qué haces niño?! Asustándome muchísimo. Grité, lo único que me salió fue gritar. Al instante mi madre me abrazaba preguntándome qué me pasaba. Le confesé casi sollozando que había visto en el patio a los Reyes Magos. Tratando de calmarme, mientras mis hermanos se despertaban en plena noche, me acercó a la ventana nuevamente mostrándome que no era cierto. Insistí…En que los había visto, que hasta había sentido olor a caca de camello y una conversación. Ella, con paciencia, me llevó hasta el patio y me mostró que no había ninguna bosta, ninguna charla y ningún Rey Mago, que todo había sido producto de un sueño.

Aquel patio en Valentín Alsina

Al otro día, obstinado como he sido, volví al patio para encontrar una pista que me permitiera demostrar que todo había sido una vivencia real. Lamentablemente no encontré ninguna. Igualmente, seguí planeando cómo hacer para verlos llegar y dejar sus regalos, a los dos días, cuando fuera el 6 de enero.

elduendeoscar

Escrito para ser leído en “Al ángulo izquierdo donde duele” en su programa 39 el miércoles 20 de diciembre de 2017, por la FM 107.9 Ultra o ultra1079.com . Basada en hechos reales ocurridos el 4 de enero de 1966.

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